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Parte central de la comunicación política de un gobierno es mostrar resultados, acreditar que se están cumpliendo los objetivos del mandato. Esto tiene que ver con el punto de partida, si hay alternancia es común dramatizar el pasado para moderar expectativas. Esto resulta más complicado si gana el mismo partido, y todavía más, si existe la singular determinación, como ahora ocurre, de valorar positivamente al antecesor, incluso por encima de la realidad y la verdad.

La narrativa del gobierno resulta eficaz si la difusión de lo que se dice impacta positivamente a las audiencias y logra índices de aceptación sobresalientes. Hasta ahora, este objetivo se ha logrado. En buena parte, sin regatear méritos al desempeño, esto se debe a la comparecencia matutina ante medios, algunos de los cuales alinean la información y proyectan una imagen favorable. No obstante, se vuelve cada vez más necesario que lo dicho y proyectado sea convincente. Es en ese punto donde surgen más discrepancias de las que se reconocen públicamente, ya que incluso las propias encuestas muestran un creciente descontento con resultados concretos del gobierno en materia de salud y corrupción, entre otros.

Con el arribo de López Obrador al poder, se consolidó una percepción pública particular, la de separar a la persona que gobierna y los resultados de su administración. Se privilegió la narrativa de un líder con buenas intenciones, comprometido con transformar el país pese a las adversidades heredadas. Bajo esta lógica las intenciones pesaron más que los resultados y el juicio público se centró en la figura, no en los hechos

La realidad actual muestra que el recurso de desacreditar el pasado para legitimar el presente perdió eficacia; ya son siete años en el poder y el régimen forma parte de ese pasado. Los problemas que enfrenta el país como bajo crecimiento; venalidad en el servicio público; violencia e impunidad; deterioro en salud, educación y vivienda; crisis en las finanzas públicas, etc. son, en buena medida, atribuibles al gobierno.

La narrativa no sólo es un recurso de propaganda, también constituye una herramienta de gobierno y es justo el dilema actual, porque lo que se dice deberá cotejarse, más temprano que tarde, con la verdad y la realidad.