Minuto a Minuto

Nacional Las más de cincuenta sombras del INE
         Estos caprichos cosméticos se dan ya en el período electoral y representan una inversión multimillonaria para la que carecen de presupuesto, un maquillaje cromático que cambia de colores, pero no de problemas
Nacional “Hay muchísimas fake news”: Sheinbaum niega que use drogas
Sheinbaum negó el señalamiento de una periodista que aseguró que la mandataria usaba drogas, en específico que fumaba mariguana
Nacional Suben a siete los muertos por ‘Rachel’ en Baja California
Las autoridades señalaron que tres personas siguen sin ser localizadas: un adolescente de 17 años y dos mujeres, una de 23 y otra de 42 años
Nacional Diputados aprueban en lo general cambios al ISR; sesión continuará este miércoles
Entre los cambios señalados se encuentra la eliminación de deducciones para empresas con ganancias superiores a 50 millones de pesos
Nacional SEP celebra fallo de la Corte sobre venta de “comida chatarra” en planteles educativos
El titular de la SEP, Mario Delgado, destacó que, con esta determinación, la medida se mantiene vigente en todas las escuelas del Sistema Educativo Nacional (SEN), desde educación inicial hasta el nivel superior

En el curso de su vida como nación, el tema de fondo de la historia de México ha sido su desencuentro con la modernidad. Pienso en sus dos procesos políticos seculares: la implantación de la República, durante el siglo XIX, y la construcción de la Democracia, a fines del XX.

Al asumir las formas de la República en el siglo XIX, México sembró una contradicción, no zanjada hasta hoy, entre sus costumbres monárquicas heredadas y sus novísimas leyes republicanas.

El forcejeo de aquellas costumbres con aquellas leyes es una de las inercias centrales de nuestra cultura política.

Algo semejante sucedió con la inauguración democrática de fines del siglo XX. México caminó a la democracia sobre el piso de una red institucional y una cultura política no democrática.

El resultado fue una democracia sin demócratas, que repitió en los hechos las costumbres predemocráticas del país y cosechó a menudo lo peor de los dos mundos: ni la unidad del autoritarismo, ni la pluralidad funcional de la democracia.

Finalmente, el 2 de junio de 2024, la mayoría absoluta de los votantes eligió en las urnas, democráticamente, someterse a una hegemonía política no democrática. 

La democracia le dio la vuelta en el tiempo a la democracia, así como la república le había dado la vuelta a su vocación federal centralizando el poder en una sucesión de gobiernos federales fuertes con un gobernante semimonárquico en la cima.

La distancia entre las leyes y las costumbres fue un rasgo fundacional tanto de nuestro tránsito a la República como de nuestro tránsito a la democracia, los dos grandes edificios políticos sin acabar de nuestra historia.

Son el fruto de nuestro asalto fallido a la modernidad, los coliseos romanos de nuestra modernidad fugitiva.

La modernidad pasó frente a nosotros, nosotros la atrapamos en nuestros códigos, pero las nuevas instituciones creadas con esos códigos bajaron mal a nuestras costumbres y hubo siempre entre ambos mundos un abismo o una fisura que llenar, eso que llamamos legalidad o ilegalidad.

Ha sido la queja recurrente de nuestra historia: “No se cumple la ley”, hay un país real y un país formal, y quien quiera gobernar ese país tiene al mismo tiempo que cumplir y que no cumplir la ley, lo mismo si gobierna que si es gobernado.