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Hay un spot radiofónico de la Suprema Corte que dice: “¿Y si la justicia fuera… no sé… decir gracias, pedir permiso, cumplir nuestra palabra, hacer la tarea, respetar, compartir y escuchar?”. Habla de las tareas escolares porque lo dirigen a los niños por lo que llaman, con extrema corrección política, el festejo del “Día de las Infancias”.

Pero esos conceptos de justicia que pregona la Corte deberían resonar, primero que nada, entre ellos mismos. Sobre todo, cuando vemos que hablan de ética mientras presentan a votación proyectos con claros conflictos de interés que son aprobados como si nada.

Estos mensajes de justicia de su campaña infantil deberían de resonar en toda la estructura monolítica del régimen.

La justicia, como lo contemplan las propias leyes mexicanas, tiene que ir más allá de esa propaganda pedagógica y si al poder presidencial no le incomoda que la Corte de los ministros de acordeón pregone que la justicia es cumplir con la palabra, respetar y escuchar, no debería haber molestia alguna ante expresiones de puro sentido común como aquella de que la inversión sigue la certeza y se aleja de la corrupción.

Da igual si lo dice el embajador estadounidense o el mediano empresario local; de cualquier forma es totalmente cierto que la inversión llega donde es respetada, protegida y donde puede prosperar.

En un país de leyes debería ser una obviedad saber que ninguna empresa comprometerá recursos donde las reglas no son claras, donde no hay transparencia o donde la rendición de cuentas sea opcional. ¿Por qué entonces la molestia si esos señalamientos los hace Ronald Johnson, embajador estadounidense, en la presentación de una inversión para México de 3,300 millones de dólares?

No aceptar que esas calamidades ocurren en nuestro territorio es una desconexión peligrosa de la realidad que impide articular cualquier acción gubernamental positiva para su solución.

La “justicia” del régimen parece ignorar que el respeto a la palabra empeñada en tratados internacionales es la mínima “tarea” que un gobierno debe cumplir para dotar de certidumbre a los participantes de la economía.

Si el gobierno federal se enreda en un pleito de formas, corre el riesgo de aparentar que les generó más molestia el desmantelamiento de megalaboratorio de drogas sintéticas de dimensiones industriales en Chihuahua, que el reclamo, justo y legal, de los protocolos de soberanía procedimental.

Que esta campaña de propaganda infantil de la Corte suene fuerte en todos los rincones del régimen y que no olviden que hay que “cumplir nuestra palabra” lo mismo ante las empresas del sector energético que ante los organismos internacionales; que “hacer la tarea” significa presentar planes fiscales creíbles y garantizar un Estado de derecho que proteja la propiedad privada y la libre competencia.

Y aquello de “escuchar” y “respetar” debe traducirse en atender lo mismo las señales que mandan las firmas calificadoras y las opiniones de aquellos que no coincidan con el proceder de la autollamada Cuarta Transformación.

La justicia real se construye con confianza, no con discursos o regaños políticos. Hasta en los juegos de niños, el éxito depende del respeto a las reglas. Nada más.

Que esta campaña de propaganda infantil de la Corte suene fuerte en todos los rincones del régimen y que no olviden que hay que “cumplir nuestra palabra” lo mismo ante las empresas del sector energético que ante los organismos internacionales; que “hacer la tarea” significa presentar planes fiscales creíbles y garantizar un Estado de derecho que proteja la propiedad privada y la libre competencia.