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Hace unos días, el presidente consejero del INE, Lorenzo Córdova, refería alarmado la más reciente edición del Latinobarómetro: México ocupa el último lugar en la región en términos de satisfacción con la democracia. Solo 19 por ciento de los encuestados dice estar muy o más bien satisfecho con la democracia. Esto, a pesar de que, como Córdova sostiene, nuestro país es el que más ha invertido en la construcción de su democracia.

Resulta muy difícil saber por qué México ocupa ese lugar, pues las valoraciones dependen no solo de circunstancias objetivas, sino también de expectativas que en parte se forjan a partir de lo logrado en cada país. Pero el informe permite identificar los cambios más significativos en el tiempo y los factores más influyentes en la satisfacción con la democracia en cada nación.

En México, los niveles más altos en esta valoración se han dado en años de elecciones emblemáticas: 1997, 2000 y 2006 (para 2012 no hay datos). En esos años el PRI perdió la mayoría legislativa y el PRD ganó el Distrito Federal, se dio la primera alternancia presidencial y tuvo lugar la elección más competida de la historia reciente. Tal vez por el incumplimiento de expectativas, las caídas más notables en esta percepción se dieron justo en el año siguiente a cada uno de esos tres momentos electorales.

Si analizamos únicamente los datos de la encuesta para 2015, podemos observar que en el caso de México la satisfacción con la democracia tiende a estar asociada, como uno esperaría, a valoraciones positivas sobre el progreso del país, la situación económica nacional y el grado de democracia que tenemos. Quienes confían más en el gobierno y se sienten mejor representados son, asimismo, los más satisfechos con la democracia.

Pero tal vez el dato más sobresaliente es que la única área de política pública que pinta en la ecuación es la lucha contra la corrupción. Quienes reconocen progreso en esa área son quienes tienden a estar más satisfechos con la democracia. El problema es que muy pocos —menos que en cualquier otro momento desde que se mide esta variable en el Latinobarómetro— advierten progreso en esa lucha. Mientras esto no cambie, podrá haber saltos coyunturales en las percepciones sobre la democracia, pero no un avance sostenido que nos aleje del desencanto actual.