De entrada, un triunfo político para Miguel Ángel Mancera con su cruzada por subir los salarios mínimos es que, a diferencia del debate que promueven desde la llamada izquierda mexicana que siempre se va por el ¡no!, el jefe de Gobierno centra su atención en un sí.

Así, mientras López Obrador vive en la negación como sistema de vida, no a la reforma energética, no al horario de verano, no a cualquier cosa que sea una propuesta ajena, lo que hace Mancera es proponer, desde su posición de izquierda, un debate sobre el aumento al ingreso de los trabajadores.

Mientras López Obrador y los suyos están viendo cómo incendian el país tras la reforma energética, el gobernante capitalino busca negociar con otras fuerzas políticas un beneficio social.

Sólo que el terreno elegido es sinuoso y fácilmente se puede revertir hacia quien lo propone.

El propio Mancera y sus muy capaces asesores, como Salomón Chertorivsky, tienen claro que un aumento salarial por decreto desata los demonios inflacionarios que no sólo se comen de inmediato el incremento otorgado, sino que se cobra un poco más de los recursos disponibles de los asalariados.

Además, la burocracia no se ha complicado la vida y han utilizado el nivel del salario mínimo como referente para otros cálculos no salariales como multas, créditos y tarifas.

El riesgo de asumir desde la posición del jefe de Gobierno del Distrito Federal la bandera de los salarios mínimos es que fácilmente puede derivar la discusión hacia el verdadero lastre económico que afecta a los trabajadores mexicanos: la informalidad.

La economía informal es una actividad ilegal, así de fácil. Se le pueden encontrar justificaciones en muchas cosas, desde la falta de capacidad de la economía organizada de atender las necesidades de millones hasta el bajo costo que en México tiene actuar en la impunidad. Es un hecho que la informalidad es una de las razones por las cuales los salarios se mantienen bajos, porque es una competencia desleal con las actividades regulares. Las prestaciones sociales cobran un valor más alto entre la población económicamente activa que sacrifica ingreso por esos beneficios, lo que produce empleadores poco presionados.

Éste es un talón de Aquiles para la posición del GDF. La informalidad en el Distrito Federal es una actividad tolerada y hasta fomentada por las propias autoridades.

Tolerada porque a pesar de que se trata de una acción ilegal, no hay autoridad que pueda impedir las más múltiples manifestaciones de la informalidad. Y fomentado porque hay cuotas para que los ambulantes usen un pedazo de banqueta para su vendimia, por ejemplo.

La popularidad de Miguel Ángel Mancera y su gobierno está por los suelos y claramente necesita remontar esa posición tan baja para no perder posiciones políticas en la capital. Y éste tema es de una rentabilidad indudable.

Sin embargo, tomar una actitud de ver la paja en el ojo ajeno sin considerar la viga en el ojo propio es fácilmente reversible para un gobierno paternalista y populista que se alimenta del fomento a los grupos de la informalidad.