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Cuando los banqueros centrales parecen adelantarse a las noticias con sus decisiones no es que tengan una bolita mágica, simplemente tienen la información suficiente para actuar con oportunidad.

En el caso de nuestro país, quedó claro que la determinación unánime de la Junta de Gobierno del Banco de México de elevar la tasa de interés en medio punto porcentual durante su pasada reunión de política monetaria se adelantó al notorio incremento que tuvo la inflación durante septiembre y que acabó por dar la razón a estos banqueros.

En Estados Unidos, tienen evidentemente menos apuros que en México y por lo tanto menos presión para anticiparse con un aumento del costo del dinero.

Sin embargo, sí hay una gran presión mundial para que la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) defina qué hará con su política monetaria que intenta regresar de los terrenos de la hiperlaxitud.

El indicador que se había convertido en el referente internacional, en el semáforo de la acción a seguir por parte de la Fed, era el nivel de creación de empleos de las nóminas no agrícolas.

En la medida en que se crearan más empleos de los esperados por los mercados y que se mantuviera a la baja la tasa de desocupación, se podría garantizar qué determinación tomaría la Fed con su tasa de referencia.

Más allá de otros indicadores del desempeño económico, los niveles inflacionarios se habían mantenido al margen porque la inflación seguía flotando muy cercana al cero. Incluso no tiene tanto tiempo en que se consideraba el temor de caer en niveles deflacionarios.

Pero en prácticamente en dos meses cambió la historia y hoy la inflación se ha convertido en un indicador importante para anticiparse a la Fed.

El mes pasado, los precios al consumidor se elevaron 0.3%, con lo que en términos anualizados alcanza ya 1.5 por ciento. Y más allá del bajo nivel que tiene la inflación en Estados Unidos lo que llama la atención es el ritmo de incremento de los precios.

Hay un efecto del precio de los bienes inmuebles y también han afectado los aumentos en los combustibles. Pero aun eliminando los precios volátiles la inflación subyacente estadounidense ya está en 2.2 por ciento.

Entonces, Estados Unidos no tiene evidencias suficientes de un crecimiento que se pueda sostener, pero tiene evidencias de que la inflación empieza a acelerar su aumento.

Y ya le decía que los banqueros centrales se adelantan porque resulta que la semana pasada Janet Yellen dijo en Boston que podrían ampliar su tolerancia a la inflación en la medida que la economía mantenga tasas de crecimiento.

No cambia nada de las decisiones de política monetaria que se esperan para este cierre de año, porque la tasa sigue muy cercana al cero por ciento.

Pero con esta visión adelanta la titular de la Fed que no tendrían que acelerar el paso de los aumentos si la inflación confluye rápidamente a 2%, que es un temor que resulta inevitable en los mercados.

Es verdad que una mayor inflación acorta los márgenes de acción de la Fed, pero también es un hecho que si se apresuran a elevar el costo del dinero sin crecimiento, podría influir en una nueva baja económica. Algo a todas luces indeseable.