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El primer sábado de enero me encontré en un Starbucks con mi amigo Marcial Ortiz después de 15 años de alejamiento. Marcial estaba en mala situación económica. Pero no perdió tiempo en lamentos ni reclamaciones. Fue directo a su pasión, el análisis de la política mexicana. Lector irreprensible de cinco diarios, 365 días, me deslumbró la originalidad e independencia de sus trazos y remates. Ahí mismo hicimos un acuerdo. Yo iba a comenzar mi columna en EL UNIVERSAL y él necesitaba chamba. Lo “contraté” para platicar dos, tres veces al mes. En restaurantes, cafés, bares, en mi casa, caminando. Lo esencial era escucharlo.

Y así lo hicimos. Murió el domingo por una conjunción compuesta de su estropeada salud, la indiferencia del hospital Santa Coleta y las largas colas para atenderlo en el Hospital General. Tenía 65 años y quizá haya sido lo menos peor. Creo que su físico lo había doblegado hace rato y no tardaba en cobrarle costos severos.

De las charlas nacieron ideas para varias de mis columnas y Marcial obtuvo algo de dinero para sus gastos básicos. Buen negocio para ambos.

Marcial era además mi afinador, mi templador. Como no tenía que ver con nadie, sus observaciones y correcciones eran honestidad intelectual pura. Poseía la virtud de hacer perfiles con una frase o imagen. Lo mejor del gobierno de Peña Nieto es que sabe aguantar vara, me decía. El problema de Carmen Aristegui se parece al de Elba Esther: se sintieron por encima de todas las instituciones y personas. Con su pelo largo y físico (“es alto, más o menos galán”), Aurelio Nuño rejuveneció solito al gabinete.

Dos conceptos me fueron especialmente útiles: la guerra civil mexicana del siglo XXI y la imposible presidencia imperial de López Obrador. Marcial afirmaba que lo que hemos nombrado guerra contra el crimen es, en frío, una guerra civil en donde han muerto miles de mexicanos, la mayoría defendiendo sus intereses, patrimonio, actividad, territorio. Veracruzanos que matan veracruzanos, michoacanos que van a ejecutar tamaulipecos, laguneros que pelean calle por calle, sinaloenses que matan y mueren en Cuernavaca, desertores del Ejército que descuartizan marinos, marinos que liquidan a ex militares, federales que recuperan un bastión.

Me decía también mientras fumaba sus Delicados oscuros que no entendía por qué tanto miedo de “la lana” (como llamaba a los empresarios) por el eventual triunfo de López Obrador en 2018. Como Peña Nieto, López Obrador intentaría imponer una suerte de presidencia imperial. Y como Peña Nieto, fracasaría en la imposición. Necesitaría doblegar a los partidos, el Congreso, las Fuerzas Armadas, los jueces, los órganos autónomos, los medios de comunicación, las redes sociales, los grupos sociales y, por supuesto, a los propios empresarios. “Y eso, Gómez, está en chino, no entiendo por qué la pinche lana está tan alarmada”.

Como el personaje de Kundera, Marcial comprendió al final de su vida aquello de la insignificancia de ser brillante. Conversaba para pensar y gozar, no para ganar. Y era brillante. La vida me regaló el reencuentro con mi gran amigo. Estoy muy agradecido. No sé con quién, sé que lo estoy. Te voy a extrañar. Mucho.

MENOS DE 140. Mil gracias por estar aquí este 2015, nos vemos el lunes 4.

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