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El fin de semana pasado dejó algo claro: la carrera rumbo a 2027 ya arrancó.

Aunque todavía falta para los procesos internos y para las campañas, los principales actores políticos dejaron atrás la prudencia y comenzaron a ocupar posiciones. Lo hicieron con discursos, símbolos y movilizaciones que difícilmente pueden interpretarse como simples actos de gobierno o reuniones partidistas.

México no está oficialmente en campaña. Pero políticamente ya entró en modo electoral.

En Chihuahua, el PAN cerró filas en torno a la gobernadora María Eugenia Campos, quien ha sido objeto de fuertes ataques desde distintos sectores de Morena. Las acusaciones han escalado desde cuestionamientos políticos legítimos hasta señalamientos que la presentan poco menos que como una amenaza para la soberanía nacional. La presencia de Vicente Fox y Felipe Calderón envió un mensaje inequívoco: la oposición busca reagruparse y volver a confrontar directamente al oficialismo.

Al mismo tiempo, en la Ciudad de México, Morena realizó una concentración encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum. El mensaje tampoco admitió demasiadas interpretaciones. La defensa de los logros gubernamentales se mezcló con advertencias sobre presuntas campañas de desinformación, intereses extranjeros y actores que supuestamente buscan frenar la transformación del país.

Ambos eventos reflejan una misma realidad: los dos bloques políticos más importantes de México ya comenzaron a construir el relato con el que pretenden llegar a 2027.

Morena parece apostar por una narrativa donde la soberanía nacional, la continuidad de la transformación y la resistencia frente a intereses externos serán los ejes centrales de la movilización política. El nacionalismo seguirá siendo uno de sus instrumentos más eficaces para cohesionar a sus bases y descalificar a sus adversarios.

El PAN, por su parte, parece dispuesto a encabezar una oposición más frontal. Su discurso gira cada vez más alrededor de los cuestionamientos a la seguridad, la concentración de poder, el debilitamiento institucional y las sospechas sobre la relación entre ciertos grupos políticos y organizaciones criminales.

Lo curioso es que ambos bandos dicen combatir exactamente aquello que contribuyen a alimentar.

Morena denuncia campañas de odio mientras descalifica a buena parte de sus críticos como enemigos del pueblo o instrumentos de intereses extranjeros. La oposición denuncia la polarización mientras recurre cada vez más a discursos que presentan al oficialismo como una amenaza.

Ninguno parece interesado en bajar la temperatura. Y quizá ahí está el verdadero problema.

La discusión pública comienza a parecer menos un debate democrático y más a una guerra de trincheras donde cada bando habla únicamente para los convencidos. Los matices desaparecen. Las dudas se castigan. Las discrepancias se convierten en traiciones.

Si la estrategia de los principales actores consiste en convertir cada diferencia en una batalla por la supervivencia nacional, los ciudadanos corremos el riesgo de llegar a las urnas en un estado de confrontación permanente, con instituciones más débiles, una sociedad más dividida y muy pocas respuestas sobre los problemas reales del país.

Porque cuando la política se transforma en guerra, casi siempre hay vencedores. Lo que rara vez hay es un país que salga ganando.

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