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Dos datos publicados el viernes por el Inegi, el Producto Interno Bruto (PIB) trimestral y la inflación de la primera quincena de mayo, confirman que la economía mexicana tiene dos problemas: no crece y la inflación no baja.

El régimen defenderá a como dé lugar que no se usen adjetivos como recesión o estanflación; aunque la verdad, los problemas de la economía van mucho más allá de cualquier condición temporal de ciclo que se pueda presentar.

En el desempeño del PIB dos de los últimos tres trimestres muestran resultados negativos y la inflación general no ha estado ni siquiera en la parte alta del rango aceptado por el Banco de México en todo lo que va de este 2026.

Ese no es un bachecito. La economía mexicana ha tenido un promedio de crecimiento entre el primer trimestre del 2019 y el primer trimestre de este 2026, el tiempo que lleva la autollamada Cuarta Transformación, de 0.8 por ciento. Eso se llama estancamiento.

Y en cuanto a la inflación subyacente, que elimina efectos como el de mayo y la baja en las tarifas eléctricas, lleva 64 meses consecutivos fuera del rango que el propio Banco de México asegura que es intolerable.

Las razones son estructurales y una gran mayoría pasan por la gestión política: la pésima gobernanza, la destrucción institucional, el inadecuado ejercicio del gasto público, la mala gestión del sector energético y mucho más; todo eso ha agravado el viejo problema del crecimiento inercial que tenía la economía mexicana para convertirlo en un estancamiento permanente.

El círculo vicioso del estancamiento con inflación se cierra con un escenario que se complica para las finanzas públicas, tal como lo advierten las agencias calificadoras.

Más que descalificar a S&P o a Moody’s por sus recientes modificaciones en la perspectiva crediticia y en la calificación misma, debería el régimen agradecer que, como el canario en la mina, advierten qué es lo que los mercados perciben de la realidad económico-financiera mexicana.

El diagnóstico es simple: un crecimiento tan sostenidamente bajo, debilita la recaudación; con un gasto público tan rígido, comprometido con programas asistencialistas, obras de infraestructura inconclusas y el “barril sin fondo” de Pemex, el déficit fiscal estructural se vuelve muy difícil de manejar.

En las minutas de la más reciente reunión de política monetaria, la propia Junta de Gobierno del Banco de México ha tenido que reconocer, entre líneas, su profunda preocupación por el debilitamiento de los motores internos de crecimiento. Pero, el propio banco central se puso una trampa con su mal manejo de la comunicación de sus decisiones y hoy ha perdido credibilidad y se autoimpuso un candado para bajar más la tasa de interés de referencia, con todo lo que eso implica para el crecimiento y las finanzas públicas.

Los datos recientes del Inegi no son un bachecito y los diagnósticos de las firmas calificadoras no son un atentado a la soberanía financiera del país. La terca realidad macroeconómica demuestra que México atraviesa por un estancamiento estructural con altos costos.

El reloj está corriendo y si el régimen insiste en ignorar las alarmas, la pérdida del grado de inversión dejará de ser una advertencia de los analistas para convertirse en un hecho consumado del mercado.