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Conforme crece la fragmentación del voto en México, descienden la legitimidad, la credibilidad y la eficacia de los gobiernos.

El presunto triunfador del Estado de México, Alfredo del Mazo, habría ganado con 33 por ciento de los votos emitidos, equivalente a 12 por ciento de los votos de sus ciudadanos.

Del Mazo encabezará un gobierno de minoría en el Congreso, distante de, si no es que rechazado por, 80 por ciento de los votantes registrados.

Algo parecido sucederá en Coahuila, en Nayarit y, dentro de un año, probablemente, una vez más,  en la Presidencia de la República.

La estrategia ganadora en el Estado de México  por parte del gobierno federal y sus aliados anticipa, quizá, la del 2018: alentar la fragmentación para poder ganar por unos cuantos puntos manipulables en la famosa “operación electoral”.

La estrategia gubernamental vigente es fragmentar el voto, dividir a la izquierda y a la derecha, crear o alentar independientes, conseguir su tercio del pastel y vencer en el margen.

Es una extensión caricatural de la fobia constitutiva de la democracia mexicana que fue el rechazo a la mayoría absoluta.

A la vuelta de los años estamos en la lógica de que el poder se obtiene garantizando ser la minoría más grande, el más alto de los enanos, como dice con punzante sonrisa Carlos Loret de Mola.

El espíritu de jibarización de la mayoría tiende a crecer, lo mismo que la fragmentación de la representación política y, con ella, la representatividad de los partidos.

A esta tendencia disgregadora de la representatividad y de la legitimidad de los gobiernos, hemos añadido nuestra costumbre de ilegalidad, burla de las reglas y abuso de las ventajas del poder adquirido.

Lo que ha sucedido en México camino a los resultados electorales del domingo pasado es una vergüenza pública.

Nos hemos acostumbrado a los delitos electorales  dentro de la democracia, como en su tiempo nos acostumbramos a los fraudes del PRI.

La consecuencia de todo esto es una democracia jibarizada, poco representativa de la voluntad ciudadana y, sobre todo, poco capaz de producir gobiernos eficaces y legítimos.

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