La decisión de Zavala

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Alberto AguirreSignos vitales

A finales del 2016, Margarita Zavala convocó a sus más cercanos a un ejercicio semanal de análisis y prospectiva que tendría como último propósito poner a la ex primera dama en la boleta electoral. Las sesiones tendrían un invitado permanente —su hermano, Juan Ignacio— y participaciones intermitentes de Felipe Calderón.

A finales del 2016, Margarita Zavala convocó a sus más cercanos a un ejercicio semanal de análisis y prospectiva que tendría como último propósito poner a la ex primera dama en la boleta electoral. Las sesiones tendrían un invitado permanente —su hermano, Juan Ignacio— y participaciones intermitentes de Felipe Calderón.

Ese grupo tuvo a los senadores Ernesto Cordero y Roberto Gil Zuarth entre sus más conspicuos aportantes. También, aunque con más reservas, al expresidente nacional del PAN, Germán Martínez Cázares. La tarea, en aquella primera y lejana etapa, era romper el cerco anayista dentro y fuera del PAN. Fracasaron en esa batalla.

Cuando llegó el momento de definir si dejaba su militancia partidista, Margarita —según refieren colaboradores cercanos— asumió que lograr el registro como candidata independiente era una aduana asequible. Y que llegaría hasta el final, con la meta de alcanzar al menos 15% de la votación válida emitida.

Una filtración de su propio equipo precipitó su renuncia al PAN. Un deficiente trabajo de planeación hizo tortuoso el proceso de recolección de las firmas. La desorganización de su staff fue una constante, durante los meses que se mantuvo como aspirante a la Presidencia de la República.

En el camino, su sobrina política Fernanda Caso dejó a Fausto Barajas la coordinación de la campaña. Y Jorge Camacho poco a poco —desplazando a los cuadros zavalistas— asumió el control del discurso y la estrategia mediática. La maquinaria para recabar los “apoyos ciudadanos” comenzó a funcionar con las aportaciones económicas del expresidente y de la familia Baillères, pero casi todos los fondos se destinaron al gasto corriente (renta de oficinas, nómina, viáticos) y no se cristalizaron en los tangibles que dieran certeza sobre su candidatura.

El arranque del 2018 era poco promisorio, pero Margarita mantenía el entusiasmo sobre todo por el ánimo que le transmitía su ejército de voluntarios y el apoyo de algunos empresarios, sobre todo en Guadalajara y Monterrey. Poco antes de que el INE le otorgara el registro como candidata independiente, ocurrió la primera gran crisis de su breve periplo presidencial, pues las cuentas bancarias prácticamente se quedaron en ceros y obligaron a la suspensión de pagos a proveedores y colaboradores.

¿Había quebrado la aspirante independiente? Las señales eran contradictorias, pues si bien vendría un recorte de personal, al war room zavalista se integraría el consultor político Aleix Sanmartín, quien anteriormente había asesorado a los perredistas Alejandra Barrales y Juan Zepeda.

Reconocida oficialmente como abanderada presidencial, Zavala anunció que renunciaría al financiamiento público, con lo que dejaba la suerte de su candidatura a las aportaciones de empresarios y al crowdfunding, previa gira por todo el país.

Faltaba un mes para que arrancaran las campañas y los zavalistas presumían de concitar 10% de las intenciones del voto. Zavala estrenaba logotipo, lema, colores y reorientaba su discurso.

“El escenario era de seis candidatos, pero sin el Jaguar en la boleta y con el Bronco como figura de alto contraste, podemos posicionar a Margarita como la verdadera independiente”, explicó entonces el estratega ibérico, “Meade va en decadencia, Anaya no aguantará otro golpe a su honorabilidad (y todo parece que no lo dejarán vivo) y al final de la contienda sólo quedarán dos alternativas: AMLO o MZ”.

Dos meses después, Zavala deja la contienda presidencial. En el camino quedan una deuda que saldará indefectiblemente (ha empeñado su palabra) y las presiones de los poderes fácticos, los mismos que han descartado al exsecretario de Hacienda como un rival con probabilidades de vencer al puntero de la carrera presidencial.

A mediados de marzo, el war room zavalista vio las mediciones de María Fernanda Vergara. Las expectativas eran ominosas. Una nueva medición vino después del primer debate presidencial. Entonces llegaron noticias infaustas, con la cantaleta del “voto útil”.

La encuestadora calderonista reportó 2.5% de las intenciones de voto para la única candidata presidencial. Otras mediciones la ubicaron en el último lugar de la carrera. La decisión sobre el retiro de su candidatura era inevitable. La declinación, el peor de los mundos, la derrota total.

Efectos secundarios

FOMENTO. La reforma fiscal es un tabú para los candidatos presidenciales, mientras que amplios sectores de la academia, las ONG y los organismos cúpula del sector empresarial demandan una política fiscal responsable al próximo gobierno. Mientras unos candidatos hablan de reducir impuestos y otros de ampliar los programas sociales, nadie hace un análisis detallado de la manera en que impactaría las finanzas públicas y la recaudación federal. AMLO apenas toca el tema en su documento Pejenomics y únicamente afirma una “reingeniería del gasto público”, por otro lado ¿cómo le va a hacer Meade para darle 1,200 pesos mensuales a las madres jefas de familia? O ¿cómo le hará Anaya para bajar el precio de la gasolina? En el extremo opuesto, se multiplican las voces a favor de un nuevo marco tributario que amplíe la base de contribuyentes y genere mayores ingresos para el Estado a través de impuestos que ya existen, como el IVA y, a nivel estatal, el predial. Una generalización del IVA —de acuerdo con esas mismas voces— provocaría un incremento en el monto de las participaciones y transferencias federales, recursos adicionales a los estados por 50,000 millones de pesos.

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