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La democracia es una exageración de la estadística, decía Borges. Podríamos agregar que los referendos son una exageración de la democracia.

Es en cierto modo una insensatez que se juegue a una votación de sí o no un asunto tan complejo, y de implicaciones tan largas, como la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

Es, al mismo tiempo, una fotografía extraordinaria de las emociones subyacentes del gran mar de la globalización, sus integraciones, sus desarreglos y sus bandos.

El ex presidente Felipe González ha llamado al brexit el “triunfo de las emociones negativas”. Ha sido también uno de los primeros en decir que se trata de un “triunfo sin proyecto”.

O al menos sin un proyecto del tamaño de lo que rechaza y pone en riesgo: la muy imperfecta pero muy extraordinaria integración europea.

Las emociones subyacentes han sido por lo pronto más poderosas que las certidumbres inteligentes o las reflexiones impecables. No sabemos si esto anuncia su propagación indetenible o será una advertencia a tiempo sobre las dimensiones del “mal humor global”.

Al votar favorablemente el brexit, la Gran Bretaña vieja, antieuropea, xenófoba, aislacionista y poco educada le sirvió una sorprendente y carísima derrota a la Inglaterra joven, europeísta, cosmopolita y globalizada.

No hay en la gran prensa inglesa o en la escrita en inglés, de The Economist al Guardian, del Washington Post al New York Times, sino lamentos y anticipaciones catastróficas.

Pero no es en esa prensa refinada y cosmopolita donde fue ganada la partida del brexit, sino en la prensa de los tabloides, la prensa de los escándalos y los crímenes, una de las enfermedades portentosas de la libérrima polis británica.

El gran periodista inglés John Carlin, que ha tenido momentos estelares de comentario en estos días, comparó la votación del brexit con la irrupción en el destino europeo de los hooligans, esa calamitosa mata de aficionados violentos que ha crecido en los estadios de la civilizada y ejemplar liga de futbol inglesa.

Es al interior de esos bárbaros donde debemos tratar de mirar si queremos entender lo que se cocina en el corazón europeo y, por extensión, en el nuestro.

Porque  no se trata de “emociones negativas” periféricas o minoritarias, sino profundas y suficientes, al menos, para haber ganado el brexit.

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