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Si fuéramos un país previsor, aprovecharíamos esta ventana de oportunidad temporal que se abre con la baja del ciclo en la industria petrolera.

El número de pozos perforados en Texas ha caído 42% en el 2015. Pasó de 1,600 a principios de enero a 922 a fines de la primera quincena de marzo.

Las cuentas son de Baker Hughes, una referencia obligada en el mundo petrolero estadounidense. Todo parece indicar que seguirán cayendo. El costo de producir petróleo en los yacimientos no convencionales de Estados Unidos es de 57 dólares por barril, en promedio. Los pozos dedicados a la explotación de yacimientos no convencionales sumaban alrededor de 150 entre 1999 y el 2009. Rebasaron la marca de los 500 por primera vez en el 2010 y el conteo de 1,000 hacia el 2011, cuando el oro negro se instaló por encima de los 100 dólares.

El índice manufacturero de Texas refleja la situación del ecosistema petrolero. Cayó 4% en enero y 11.4% en febrero. Es la mayor caída registrada desde fines de la década de los 90, cuando el precio del petróleo rompió el piso de los 10 dólares por barril.

Las consecuencias de esta baja se empiezan a notar. Las cuatro principales empresas de servicios petroleros estadounidenses han empezado a hacer masivos recortes laborales. Halliburton ha eliminado 9,000 puestos laborales de diciembre a la fecha. Schlumberger redujo en 7,400 su plantilla. Weatherford dio de baja a 5,000 trabajadores y Baker Hughes, que es filial de Halliburton, recortó 7,000 empleos.

El boom de los hidrocarburos no convencionales ha llegado a su fin. Después de la fiesta vendrá la resaca financiera. La exploración y explotación de los yacimientos shale fue financiada con capital de riesgo, en su mayoría. Hay alrededor de 200,000 millones de dólares en emisiones de empresas energéticas estadounidenses que serán difíciles o imposibles de cobrar. El Departamento Bancario de Texas, que supervisa los bancos de ese estado, ha reconocido que tiene bajo la lupa a 15 entidades, con capital menor a los 1,000 millones de dólares y gran exposición al sector energético.

La crisis petrolera en Texas tendrá dos efectos en México. El primero, que ya se está observando, es el congelamiento del entusiasmo por la exploración de yacimientos no convencionales en nuestro país. En México están las sextas mayores reservas de petróleo y gas no convencional, pero éstas no serán explotadas con los niveles de precios actuales. El interés de hace un año por el shale mexicano se apagó. Esto tiene su lado positivo, los grupos defensores del medio ambiente podrán estar tranquilos: los riesgos de la explotación del gas y petróleo shale no se materializarán en el corto y mediano plazo.

La segunda consecuencia de la recesión petrolera de Estados Unidos es que liberará recursos humanos y físicos. La escasez de personal capacitado en México se podrá compensar temporalmente con gente muy calificada que estaba trabajando en Texas u Oklahoma. Es un mercado laboral global y esto puede ayudar a resolver un cuello de botella para la naciente industria energética privada mexicana. Hacen falta miles de personas calificadas y los programas de formación de recursos humanos tardarán tiempo en dar resultados.

Si fuéramos un país previsor, aprovecharíamos esta ventana de oportunidad temporal que se abre con la baja del ciclo en la industria petrolera. ¿Lo somos? Lo único cierto es que hay muchas tareas pendientes.