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Se requieren buenos cimientos.

Se acaban de cumplir 30 años de los sismos de 1985 y todos tenemos claro que un terremoto puede tener consecuencias fatales en México. Pero somos ya minoría los que recordamos en carne propia lo que puede ocurrir cuando no se está bien preparado.

Con las crisis financieras nos empieza a pasar lo mismo, todos tenemos claro que son perniciosas pero se pierde la memoria de lo que se siente ver que una crisis frustre los planes de la empresa y la familia.

Y así como todos conocemos y repetimos aquella letanía de protección civil del no corro, no grito, no empujo, así todos tenemos como un máximo valor nacional la cantaleta de las finanzas públicas sanas.

Y los efectos negativos de un sismo se previenen de la misma manera que los que puede haber con una crisis: con buenos cimientos, buenos fundamentos.

Un edificio bien construido tiene más posibilidades de resistencia que uno hecho con materiales defectuosos o insuficientes. La apariencia arquitectónica no es garantía de solidez.

Con las finanzas sucede lo mismo, si los pilares del equilibrio fiscal no son resistentes, si se recarga la construcción con una deuda pública creciente y si los ingresos son insuficientes, el resultado es un edificio aparentemente robusto, pero que podría no resistir un movimiento telúrico financiero mundial.

La cantaleta de las finanzas públicas sanas, pues, no debe ser simplemente un rezo o un mantra que se repita sin sentido.

Es obligación del Poder Ejecutivo, pero también del Legislativo, el mantener la salud de las finanzas del país. El gobierno propone un ingreso y un gasto, envía al Congreso una solicitud de endeudamiento y tiene un margen de maniobra financiero que es aprobado por diputados y senadores.

Las finanzas de un país, a diferencia de la arquitectura de un edificio, no sólo deben lucir bien, tienen que soportar el análisis de los mercados y todos los agentes económicos para generar confianza. Y la realidad es que HOY la condición financiera mexicana empieza a atraer la atención.

No queremos que llegue un día una firma calificadora y determine que la estructura financiera mexicana no es habitable dentro del grado de inversión.

Por lo pronto, a nivel de focos amarillos está la creciente deuda pública que, como se publicó en la primera plana en nuestro diario, alcanzaría 47% del Producto Interno Bruto. Al tiempo que el déficit fiscal estaría ya en un inquietante 3.5% del PIB.

Con esos números no hay riesgos de que en la actual administración se pudiera caer en una crisis, pero se acorta el margen de maniobra. Sobre todo cuando está claro que el próximo año suben las tasas de interés y no aumentarán los ingresos fiscales.

Así como hay que mantener viva la memoria de lo que le pasa a este país con un sismo, no hay que dejar morir la memoria de lo que nos sucede con una crisis. Porque ni una sacudida de tierra ni un estremecimiento financiero mundial son eventos controlables y lo único que nos queda es estar lo mejor preparados posibles.