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A partir de este miércoles se acabaron los insultos hacia México y a los mexicanos en boca del presidente de Estados Unidos. No más “ellos son violadores y narcotraficantes”, no más bad hombres y amenazas de pagar el muro.

A partir pues, de este 20 de enero el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, no tendrá palabras groseras para nuestro país. No veremos que un exabrupto presidencial tire los mercados mexicanos, como ocurrió al inicio del gobierno de Donald Trump.

Pero, eso sí, en dos días más, el vecino del norte será mucho más claro, desde el terreno de la diplomacia y la institucionalidad, de qué es lo que espera en la relación bilateral.

Las cartas de presentación de la 4T con el gobierno demócrata no auguran una relación tersa, por más que se acabe con la estridencia.

El reciente capítulo de exonerar al general Salvador Cienfuegos, cuando la autoridad estadounidense presumía tener un caso sólido, sólo hará recordar al Departamento de Justicia que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador dejó en libertad a Ovidio Guzmán, inicialmente detenido con fines de extradición y muchos otros episodios en los que ha campeado la impunidad.

El gobierno mexicano debe tener la certeza de que en Estados Unidos la política no funciona como en México. No va a llegar Joe Biden a cancelar un aeropuerto ni a destrozar todo lo que se encuentre.

Allá, cuando Biden se instale en el Salón Oval de la Casa Blanca seguro que no se encontrará con las fotos de Trump en el escritorio, pero ahí estarán expedientes como el de los incumplimientos y violaciones a los contratos que el gobierno de López Obrador ha tenido con las empresas de energía de Estados Unidos.

Que no crea la 4T que la carta firmada por los todavía secretarios, de Estado, Energía y Comercio de Trump, reclamando los incumplimientos de México en materia energética se va a ir a la basura, sólo porque ahora los republicanos son los adversarios.

Si algo tendrá el gobierno de Biden será una visión integral, institucional, de su país. Será un estadista, no un simple jefe de camarilla en el poder.

Le harán llegar tarjetas informativas con las pretensiones mexicanas de acabar con las instituciones autónomas que soportan la democracia de este país y que por lo tanto pueden involucrar un riesgo futuro a la seguridad nacional en su frontera sur.

Todas las concesiones que permitió el gobierno de López Obrador en la negociación del T-MEC se habrán de convertir en exigencias del gobierno demócrata, en especial el enorme tapete laboral que le puso la 4T a los sindicatos estadounidenses.

En fin, que al gobierno mexicano se le acabó ese enorme espejo populista en el que se podía reflejar con comodidad en Estados Unidos. Ese que insultaba y gritaba de vez en cuando, pero que se hizo de la vista gorda con las arbitrariedades cometidas en contra de los intereses estadounidenses.

Ojalá el gobierno mexicano entienda a tiempo esta nueva etapa en la relación bilateral, de lo contrario los choques serán constantes y sin duda muy costosos.

Joe Biden tomará posesión de la presidencia de Estados Unidos el próximo miércoles 20 de enero. Hereda un país sumido en la peor crisis económica desde la Gran Depresión de 1929, a punto de alcanzar los 400,000 fallecidos por Covid-19 y profundamente dividido en la calle. La toma de posesión, que habitualmente es una ceremonia multitudinaria, en esta ocasión se desarrollará sin público y entre alambradas, custodiada por 20,000 militares ante la amenaza de los extremistas.