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Andrés Manuel López Obrador no tenía en la frontera norte de México un muro sino un espejo.

El triunfo hace cuatro años de Donald Trump en las elecciones presidenciales mostraba al mundo que el país que se consideraba asimismo como el ejemplo de la democracia global se daba permiso de girar hacia el populismo.

El gobierno de Enrique Peña Nieto intentó ser institucional con Donald Trump y terminó rostizado.

El acuerdo comercial se logró salvar por la relación Luis Videgaray-Jared Kushner que permitió mantener el pacto comercial con esa condición de que se pudiera presumir como el acuerdo de Donald Trump.

Claro que la mejor noticia para el republicano fue el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones mexicanas. Está claro que ambos se creen muy parecidos. Y lo son, el populismo tiene muchas caras y ellos son dos de esas fachadas.

Pero el mismo López Obrador se lo dijo a Donald Trump en aquella carta que le dirigió apenas unos cuantos días de su triunfo electoral: ambos cumplimos lo que decimos, hemos enfrentado la adversidad y desplazamos al establishment y régimen predominante. El gusto de encontrar un par.

Y Donald Trump le correspondió a esa señal entre aquellos que se ubican como iguales, con aquella frase del Juan Trump.

Donald Trump ha hecho con López Obrador lo que ha querido. No sólo revirtió la política inicial del gobierno de la 4T de tener fronteras abiertas a los centroamericanos, sino que desplegó al ejército y después de la Guardia Nacional a perseguir como delincuentes a los migrantes.

Pero más allá, Trump logró que México pagara por el muro fronterizo. Uno que no era de acero u hormigón sino de carne y hueso. Miles de efectivos federales mexicanos jaloneando hombres, mujeres y niños, mexicanos o no, para evitar que cruzaran hacia Estados Unidos.

A cambio, lo que ha conseguido es que el gobierno de Donald Trump se haga de la vista gorda con las arbitrariedades que comete el gobierno mexicano con empresas de Estados Unidos, en especial del sector energético.

Por eso es que el triunfo electoral de Joe Biden debió haber sido muy triste y preocupante para Andrés Manuel López Obrador y toda su 4T.

El espejo del populismo en el que se alcanzaban a reflejar personajes como él, se rompió. El regreso a la institucionalidad en Estados Unidos es una noticia que reconforta al mundo, pero que debe angustiar a los que ven caer el ala protectora del populismo estadounidense.

El regateo que hace el gobierno de López Obrador al triunfo de Joe Biden contrasta con los cariños en la cara que le hizo Marcelo Ebrard al dictador boliviano Evo Morales, pero más que una torpeza de aquellos que sí prefieren los regímenes poco democráticos del sur, lo que está en marcha puede ser el mecanismo de construcción del muro de la 4T con lo que muchas de sus huestes gustan en llamar el imperialismo yanqui.

Puede ser el primer paso para generar una tensa relación entre un populismo que sobrevive y un país que está en el afortunado proceso de recuperar su institucionalidad.

México cerró fronteras a Centroamérica

Donald Trump ha hecho con López Obrador lo que ha querido. No sólo revirtió la política inicial del gobierno de la 4T de tener fronteras abiertas a los centroamericanos, sino que desplegó al ejército y después a la Guardia Nacional a perseguir como delincuentes a los migrantes.

Trump logró que México pagara por el muro fronterizo. Uno que no era de acero u hormigón sino de carne y hueso. Miles de efectivos federales mexicanos jaloneando hombres, mujeres y niños, mexicanos o no, para evitar que cruzaran hacia Estados Unidos.

El regateo que hace el gobierno de López Obrador al triunfo de Joe Biden contrasta con los cariños en la cara que le hizo Marcelo Ebrard al dictador boliviano Evo Morales, pero más que una torpeza de aquellos que sí prefieren los regímenes poco democráticos del sur, lo que está en marcha puede ser el mecanismo de construcción del muro de la 4T con lo que muchas de sus huestes gustan en llamar el imperialismo yanqui.