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En los últimos días, el Presidente de México no ha lucido como un justiciero sino como un vengador. El hombre que asegura que no es su fuerte la venganza nos ha mostrado que puede traspasar límites, sin ninguna mesura ni remordimiento. Parece que lo impulsa el rencor y que su objetivo es ajustar cuentas, antes de que deje el poder y el poder lo deje a él.

Con todo el aparato del Estado en sus manos expone lo privado de quien lo ha expuesto al escrutinio público, advirtiendo que los agravios no se quedarán sin su respectiva revancha. No, no parece que busca justicia sino vengarse de quien él piensa que le ha hecho daño. Tampoco parece importarle la investidura que tanto insiste en mantener lustrosa y digna.

No es el mejor momento del presidente López Obrador. Tan preocupado siempre de asegurarse un buen lugar en la historia nacional, sus recientes actos y dichos definitivamente lo alejan de ese anhelo.

Esto se ha intensificado en las últimas semanas, conforme se acerca la elección de su sucesora, que ni duda cabe que será la doctora, pero que podría acabar viviendo en una ciudad perdida, la Ciudad de México, que probablemente gane la oposición a su gobierno. Y si a eso se le agrega que también están en riesgo la mayoría del Congreso y varias gubernaturas, empeoran el panorama de su sucesión y su legado.

En febrero pasado, el Presidente no tuvo miramientos y reveló el teléfono personal de Natalie Kitroeff, jefa de la corresponsalía de The New York Times para México, Centroamérica y el Caribe, quien envió un cuestionario a su oficina de prensa, para solicitar postura sobre un reportaje que publicaría y lo vinculaba, presuntamente, con temas de narcotráfico.

Y cuando le preguntaron si con la difusión de los datos personales no se violaba algún ordenamiento, respondió: “No, por encima de esa ley está la autoridad moral, la autoridad política. Y yo represento a un país… no va a venir cualquier gente que, porque es del New York Times y nos va a poner, nos va a sentar en el banquillo de los acusados”.

Incluso dijo que lo volvería hacer “cuando se trata de un asunto en donde está de por medio la dignidad del Presidente de México”.

Y lo hizo.

El caso más reciente es el de María Amparo Casar, quien encabeza la agrupación Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, quien publicó el libro “Los puntos sobre las íes” (Debate), en el que hace una severa crítica a López Obrador y su gestión.

Desde la Mañanera, se anunció que a María Amparo le retiraban la pensión que cobraba por la muerte de su esposo, hace 20 años en Pemex, y no sólo eso; le exigieron que regresara el dinero recibido, porque lo habría percibido de manera fraudulenta y, por si fuera poco, la FGR abrió una investigación contra ella y sus hijos por haber recibido esa pensión.

El Presidente se justificó: “Yo le ofrezco disculpa por tratar estos asuntos de tipo personal, pero ella debe de comprender… Bueno, ¿qué pasa ahora? Resulta que la señora es la presidenta de la asociación de la sociedad civil para combatir la corrupción, ¡presidenta de la asociación para el combate a la corrupción! ¡Cómo vamos a dejar esto así! Porque ya a mí me faltan cuatro meses y medio, pero ¿qué, vamos a dejarle la estructura de manipulación intacta? No, no, no, hagamos algo. No va a desaparecer, ni es mi propósito, pero no puede quedar inmaculada”.

Por lo que ha dicho en la Mañanera, también se vislumbran días nublados para quienes ejercen el trabajo y la investigación periodística. Vienen días de cobro de facturas.