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En su informe de gobierno el 2 de diciembre de 1823, el presidente de los Estados Unidos, James Monroe, le dio a conocer al Congreso de su país los principios de lo que a partir de 1850 se hizo el eje central de la política exterior oficial de lo que hoy es la primera potencia del mundo, y que se conoce como la doctrina Monroe, y se entiende simplemente como “América para los americanos”.

Geopolíticamente, no andaba muy errado el señor Monroe: en una temporada independentista que desató México en el largo viaje de un día hacia la noche, de 1810 a 1821, las potencias europeas que tuvieron colonias en este cachete del mapamundi (España, Portugal, Reino Unido, Francia, Holanda) querían mantener siquiera una patita en nuestras tierras, que les dio por ser independientes. El próximo 4 de julio, los Estados Unidos celebrarán su aniversario 250, muy plausible.

Por eso míster Monroe dijo: ¡éjele! Del Atlántico para allá, ustedes; de este lado, nosotros. Esa doctrina se ha aplicado en varias situaciones que se olvidan.

Tan pronto como en 1865, con base en ella, los Estados Unidos dieron apoyo diplomático y militar a Benito Juárez para que finalmente hiciera fusilar a Maximiliano en el cerro de Las Campanas. En 1904 Theodore Roosevelt se apoyó en la máxima para invadir Santo Domingo. La política imperial se había inaugurado en Washington. En 1911 fue Nicaragua, de lo que recuerdo, y en 1915 Haití. Por ahí se me olvida el golpe en Guatemala contra Árbenz, y el plagio del “cara de piña” panameño Noriega, que está preso en algún lado de los Estados Unidos.

John Fitzgerald Kennedy invocó esa doctrina durante la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, en 1962; igual, para patrocinar la invasión frustrada (los cubanos dicen que traicionada por JFK) de lo que en la isla se llama Playa Girón y en Miami se le dice Bahía de Cochinos. Por algo será.

He querido retraer todo esto para que entendamos que la política imperial de nuestros vecinos no solamente tiene historia: le sobra tradición. Los terrenos que México perdió por esos tiempos juaristas que tanto celebramos quedan ahí en el mapa. Es donde dice Mr. Trump que los mexicanos ya aceptaron que el Golfo de México se llame como él quiere. Creo que le hablan, señora presidenta con A de Paria, aunque no sea por teléfono. El señor presidente Donald Trump ha retomado la estafeta Monroe, adaptándola a su visión de empresario y atravesando la mar océana.

No solamente andaba merodeando Groenlandia, sino que con su socio israelí Netanyahu, ya tiene un proyecto para la súper playa de los palestinos, cuando rindan la Franja de Gaza, para hacer un Las Vegas con olas naturales en el Mediterráneo.

Lo de Venezuela, cuyo presidente —dicen en Caracas— sigue siendo Maduro, fue un ensayo para lo que Marco Rubio ha diseñado como “la toma de control amistosa” de Cuba. Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos en 1956, antes de los barbudos, es el muy evidente tapado, como decimos por aquí, para suceder cuando Trump se vaya de la Casa Blanca. Y es más bravo que el pelipintado. Ambos desarrollan actualizada la doctrina Monroe, pero a lo bestia.

La Casa Blanca se erige entonces en un jurado calificador de los gobiernos de otros países, como el caso de Venezuela. Hoy, el de Irán. Los mensajes de Trump a las fuerzas armadas de Irán y a los ciudadanos son muy claros: aprovechen esta oportunidad que les estoy dando para tumbar a su gobierno. Mañana el de Cuba. Eso no lo dijo él, pero su segundo al mando, Marco Rubio, sí. Is Mexico next?

Desde luego que no me inspira simpatías el modo de gobernar de los ayatolas persas, ni del chavismo venezolano, ni del castrismo actual de Cuba. Que quede claro: tampoco me hace feliz el gobierno actual de México, mentiroso y derrochador.

Pero, ante la amenaza de que otro gobierno —el que sea— venga a cambiar por sus huevos el de mi pueblo, estaré en la primera línea de combate en contra.

No, señor Monroe. América sí es de nosotros, los americanos.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): * ¿Hasta cuándo los mexicanos tendremos que soportar —porque nos cuesta a todos— el sainete indigenista de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que disfrazados fueron a sesionar escénicamente en Tenejapa, Chiapas?

¿Admite la SCJN solicitudes de empleo como bolero? Yo, en la peluquería Mena de mi barrio, no lo hacía mal y cobraba veinte centavos el par. Hace 76 orgullosos años.

¿A qué le tiras cuando sueñas, Huguito Aguilar?

¿De qué se van a disfrazar los solemnes magistrados cuando vengan con su carro de Tespis a Monterrey? ¿De tejanos? Porque aquí quedamos muy pocos apaches. Y no nos gusta que nos vean la cara de pendejos.