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¿Será creíble el plan para reducir el déficit fiscal que presentará el gobierno mexicano en el presupuesto del 2025? El año en curso cerrará con un gasto público que, muy probablemente, excederá en 2 billones de pesos a los ingresos del gobierno. En caso de que las proyecciones se cumplan, el déficit sería equivalente a 6 puntos del PIB, el mayor en cuatro décadas para un gobierno mexicano.

La expectativa para el año próximo es que el déficit baje significativamente y, sobre todo, que la Secretaría de Hacienda presente una estrategia convincente para los próximos años. ¿Qué significa un descenso significativo? Claudia Sheinbaum ha mencionado su intención de bajar el déficit a 3 o 3.5% del PIB. Este número está en línea con lo que han expresado los expertos del FMI y los economistas de grupos financieros del sector privado.

¿Qué quiere decir una estrategia convincente para los próximos años? Aquí entramos a un territorio más interesante. No se trata de que el déficit baje a cero en 2026 o 2027, pero sí de evitar que, en los próximos años, se estanque en la zona de 3 o 4% del PIB o vuelva a crecer, por falta de disciplina o incapacidad de ejecución. En el fondo, el cumplimiento de un objetivo o una meta es un asunto de credibilidad. En primera instancia del gobierno y, en un sentido más amplio, del país.

Las agencias calificadoras están muy atentas. Les importa que el presupuesto esté en línea con lo que se ha venido diciendo (déficit de 3-3.5%), pero también estarán atentas a algunos detalles: cuántos recursos irán a gasto corriente y cuánto a inversiones en infraestructura, cuánto dinero hay para Pemex y CFE, qué planes tienen estas empresas, cómo manejarán sus deudas y cuántos recursos necesitarán.

El regreso de estas empresas a su condición de empresas públicas transfiere gran parte de su carga presupuestal al gobierno federal. ¿Podrá el gobierno ser convincente de cara a Moody’s, S&P y Fitch? Este será uno de los temas de conversación en los próximos meses. La calificación de la deuda soberana de México dependerá de la evaluación que hagan estas firmas calificadoras.

Por qué esa obsesión con bajar el déficit, se preguntarán ustedes. Una de las mejores explicaciones la escuché esta semana en Washington de Petya Koeva, subdirectora de Investigación Económica del FMI: el problema con un déficit público abultado es que normalmente está asociado a un margen de maniobra muy reducido de un gobierno. ¿Qué pasa cuando viene un shock y el gobierno no tiene capacidad de respuesta? En los últimos años hemos vivido una pandemia, algunas tensiones geopolíticas y varios episodios relacionados con el cambio climático… “Lo único seguro es que vendrán más shocks y, por ello, los gobiernos deben estar preparados. Entre otras cosas, eso quiere decir con capacidad financiera para enfrentar lo que puede venir”.

¿Cómo bajar el déficit en un contexto donde el gobierno tiene tantos compromisos de gasto y en un contexto en el que se ha descartado una reforma fiscal? Todavía no sabemos cuánto costarán los programas y obras anunciadas por Claudia Sheinbaum, pero ya tenemos claro que pasar de un desbalance de 6% a uno de 3% implicaría conseguir alrededor de 1 billón de pesos, con una combinación de ahorros en el gasto y mejoras en los ingresos. No está fácil, pero hay áreas de oportunidad. Para 2025 no habrá la hemorragia presupuestal que significaron las obras emblemáticas, como el Tren Maya y la Refinería de Dos Bocas. En el frente de los ingresos, sin subir impuestos, están las aduanas. En los últimos tres años, luego de que las Fuerzas Armadas se hicieran cargo de su operación, hubo una caída en la recaudación que excede los 200,000 millones de pesos anuales. Sheinbaum ha expresado su confianza en todo lo que puede hacer la tecnología para mejorar las aduanas, pero falta por ver qué tanto están dispuestos a trabajar de otra forma los miembros de las Fuerzas Armadas.

¿Qué pasa si el esfuerzo por bajar el déficit se convierte en un amplificador del mal momento económico? Este es un riesgo, porque una reducción del gasto público implica retirar recursos que, de otro modo, estarían circulando y moviendo la economía. En el primer semestre del 2024, el PIB creció apenas 1.4 por ciento. Las cosas no han mejorado en el segundo semestre, tal y como se refleja en los datos de consumo y de algunas industrias relevantes como la construcción (que cayó 15% en agosto).

¿Pragmatismo o ideología? Esto dependerá de la forma en la que se defina e instrumente la reducción del déficit público. No tiene que ser recesivo, si el gobierno permite que haya más participación del sector privado, en las áreas donde el sector público no tiene recursos para invertir, nos dijo Martín Castellano, el director de Investigación Económica del Instituto de Finanzas Internacionales con sede en Washington. “Es más, si esta apertura a la inversión privada se hace bien, podría generar niveles más altos de crecimiento de los que hemos visto en los últimos años en México”.

Al final, todo depende no sólo del color del cristal con el que las cosas se miran, sino de la forma de las tijeras con las que se hacen los recortes, ¿pragmatismo o ideología? He ahí el dilema.