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Este viernes, el canciller Marcelo Ebrard recibió una visita muy importante de Estados Unidos. Nada menos que al director de un nuevo banco de desarrollo que está dispuesto a financiar proyectos de infraestructura en el sur del país.

Pero proyectos viables, que realmente funcionen y que garanticen que las empresas estadounidenses que inviertan sus recursos tengan garantías de rentabilidad y de recuperación de sus inversiones, algo que increíblemente hoy hace falta garantizar en México.

Después de este encuentro, que ya tiene como primer proyecto un gasoducto en Oaxaca y Chiapas de más de 600 millones de dólares, se hizo la magia. Al día siguiente, el presidente Andrés Manuel López Obrador abrió la puerta para abandonar uno de sus proyectos faraónicos, cuestionados por inviable, por antiecológico, y que tantos problemas generaría en la región del sur del país.

Claro que el estilo populista de gobernar de la 4T necesita presentar esta reconsideración como la voluntad del pueblo bueno y entonces se va a realizar una enésima consulta para ver si los afectados realmente quieren que un tren vulnere la selva, con la promesa de que lleve desarrollo.

Y si bien el propio presidente había asegurado en algún momento que la consulta ya se había llevado a cabo y que de acuerdo con sus datos la gran mayoría lo había respaldado, bien, pues ahora el Tren Maya puede cancelarse a través de este mecanismo sin controles ni manera de poder comprobar.

El resultado de la consulta al pueblo bueno no será otro que éste: no habrá Tren Maya en la ruta original, ésa que realmente pasaría en medio de la selva. Pero los pueblos consultados resolverán que sí debe haber un Tren Maya que corra desde Cancún hasta Tulum.

Y ése va porque la especulación con el precio de la tierra en todo ese corredor turístico esta ahora mismo a todo lo que da y porque sí puede conseguir financiamiento privado. Y lo mejor de todo, el jefe máximo de la 4T podrá durante su mandato cortar un listón de algo a lo que muy bien puede llamar el Tren Maya.

Llámenlo coincidencia, pero después de que Adam Boehler, director general de la Corporación Estadounidense para el Desarrollo Internacional, le puso al gobierno mexicano una carta de intención para llevar gas al sur del país, con una inversión de 632 millones de dólares, a cambio de certezas, de respeto a las inversiones y de sentido común, se inició el proceso de cancelación del capricho Maya presidencial.

La vocación de este banco de desarrollo de Estados Unidos es invertir en las zonas menos desarrolladas del mundo, no en cualquier país, pero ciertamente sí en el sur de México, por la importancia geoestratégica de nuestro país para el gobierno republicano de Donald Trump.

Así que será definitivamente más fácil que esta oficina del gobierno estadounidense invierta en Centroamérica antes que en cualquier proyecto en las zonas más desarrolladas de México.

Lo cual es una lástima, porque si este proyecto tan importante como llevar gas al sur con una inversión privada tan importante de Estados Unidos logró que al menos se considerara la posibilidad de cancelar el Tren Maya bien podría lograr con un proyecto para el centro del país lograr el milagro de terminar con ese incomprensible y absurdo capricho presidencial de hacer un aeropuerto inútil en la base militar de Santa Lucía.