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Hoy comienza en el Senado de Estados Unidos el impeachment contra Donald Trump. El referente obligado es el juicio político de Bill Clinton hace dos décadas. Aunque todo indica que ahora —como entonces— el Presidente será absuelto de los cargos que se le imputan, la realidad política es muy distinta.

A primera vista, Trump no entra al juicio tan bien posicionado como Clinton, quien en 1998 tenía una aprobación superior al 60% y el apoyo al impeachment solo era de 30%. La aceptación a Trump apenas ronda el 40% y las opiniones a favor de su remoción alcanzan el 47%.

Además, si con Clinton las razones del juicio estaban más bien en el ámbito personal, ahora tienen mucho más que ver con el uso indebido del aparato de Estado y amenazan el funcionamiento de la democracia en ese país.

Con todo, el riesgo de que los senadores republicanos abandonen a Trump es prácticamente nulo. En el caso de Clinton, 31 demócratas en la Cámara de Representantes apoyaron la moción y 5 votaron a favor los cargos imputados. Ya en el Senado, 10 republicanos rechazaron el cargo de perjurio y 5 el de obstrucción de la justicia.

Hoy, ese cruce de líneas partidistas se ve imposible, sobre todo del lado de los republicanos. Por eso, a diferencia de lo que pasó con Clinton, cuando el Senado aceptó la participación de tres testigos claves, ahora la petición de los demócratas en el mismo sentido difícilmente tendrá eco en los republicanos.

A su favor, Trump tiene un control sobre su partido que no tuvo Clinton. Por convicción, por conveniencia o por miedo, los senadores republicanos seguramente se plegarán a la Casa Blanca. Y es que, en su base republicana, la aprobación a Trump llega casi al 90%. Ahí, su feligresía lo sigue ciegamente y es refractaria a toda realidad que no se acopla a su líder.

Y como esa base es clave en los procesos internos del partido, muy pocos legisladores republicanos se atreverían a oponerse o siquiera a distanciarse de Trump.

En la política polarizada de hoy, la intensidad de las lealtades importa tanto o más que la amplitud de los apoyos. Por eso, aun cuando la aprobación de Trump es mucho menor que la que tenía Clinton en su momento, el desenlace seguramente será el mismo.