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Más pudieron hacer para frenar la ratificación de Arturo Herrera Gutiérrez como secretario de Hacienda los manifestantes de Ocuilan, Estado de México, que bloquearon los accesos al recinto legislativo de San Lázaro, que los legisladores de oposición sin fuerza en esa cámara.

La verdad es que la decisión del presidente de nombrar de botepronto a Herrera como el relevo de Carlos Urzúa, tras su explosiva carta de renuncia, era una decisión incontrovertible para su amplia mayoría en el Congreso. Y sea dicho de paso, una buena decisión.

La oposición al nombramiento de Herrera como secretario fue meramente anecdótica, fue fijar una postura de las fracciones parlamentarias empequeñecidas que no tienen hoy posibilidades reales de frenar una decisión presidencial, pero pueden dejar el antecedente de su voto en contra.

Es un hecho que hay razones más que suficientes para oponerse a la conducción económica que lleva a cabo la 4T. La desaceleración es innegable y su relación directa con las decisiones tomadas de manera interna es incontrovertible.

Es de esperarse que toda iniciativa que llegue al Congreso, en esta misma línea de asumir riesgos financieros para el país, deberá ser rechazada al menos por el Partido Acción Nacional e incluso por el Partido de la Revolución Democrática.

El Partido Revolucionario Institucional es un enigma, porque parecería que su instinto de supervivencia lo alinearía con las posturas del gobierno morenista de López Obrador. Como sea, hay un ADN compartido del viejo PRI con la 4T.

Si bien esos 74 votos en contra de la ratificación de Herrera Gutiérrez como secretario de Hacienda y Crédito Público no hicieron ni cosquillas contra los 341 votos de la aplanadora del presidente, sí le regatean su condición de ser el último eslabón del gobierno actual con la realidad.

Dan escalofríos nada más de ver algunos de los nombres de aquellos que han pretendido hacerse cargo de la hacienda pública con López Obrador como presidente. Muchos vaya que lo han cabildeado.

Por eso es que Herrera es una esperanza de rescate del sentido común, ya en la orilla de un marcado deterioro financiero del país, como consecuencia de la reacción de los mercados ante el cúmulo de muy malas decisiones de este gobierno.

La desaceleración económica, a niveles cercanos a la recesión, es una realidad. La economía no tiene motores para una pronta recuperación de un crecimiento anual en torno a 1% este y el próximo año.

Por eso es que una reacción financiera, desatada, por ejemplo, por una baja en la calificación crediticia, sólo espera un último clavo en el ataúd de las malas decisiones.

Si no se toma alguna otra determinación bárbara este verano, la siguiente fecha clave llega al cierre de la primera semana de septiembre cuando se presente el Paquete Económico del 2020.

Ahí, el secretario Herrera deberá demostrar que fue capaz de atender las fantásticas peticiones de gasto del gobierno de López Obrador, pero al mismo tiempo debe convencer a los mercados que es real el compromiso de estabilidad macroeconómica.

Suena prácticamente imposible, pero si no es Arturo Herrera, ¿entonces quién podría?

Estimaciones de crecimiento prudentes, de recaudación creíbles, de gasto sensato, en fin. Algo que solía ser un mantra hoy es una gran duda razonable.

En fin, que la oposición le regateó su voto aprobatorio a un funcionario del actual gobierno que parece ser de los muy pocos que quieren mantener contacto con la realidad económica y financiera de este planeta.