La violencia mexicana

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Héctor Aguilar CamínDía con día

Para todo mundo es claro que la estrategia de “abrazos no balazos” seguida por el gobierno no ha hecho sino crecer la cantidad, la brutalidad y la impunidad de la violencia

La violencia criminal mexicana lleva el peor de los caminos. El bombazo de Salamanca contra los dueños de un negocio que al parecer se resistía a pagar 50 mil pesos semanales de extorsión, marca la evolución más reciente de esa violencia, la más siniestra, la vinculada a extorsionar a la sociedad.

No se trata ya solo de organizaciones criminales que pelean a sangre y fuego por plazas y rutas de drogas prohibidas. Se trata cada vez más de bandas criminales apoderadas de ciudades y regiones a las que someten a extorsiones cotidianas, como si fueran un segundo gobierno, una segunda autoridad o una segunda Secretaría de Hacienda que castiga el incumplimiento con la muerte.

Para todo mundo es claro que la estrategia de “abrazos no balazos” seguida por el gobierno no ha hecho sino crecer la cantidad, la brutalidad y la impunidad de la violencia.

Para todo el mundo es claro, digo, menos para el gobierno, que mantiene la idea de que la contención del crimen es un asunto de política social.

Si se quiere una solución de fondo a la violencia, dice el gobierno, debe irse a la raíz del problema que es la pobreza, la falta de oportunidades, la necesidad, que inducen a delinquir a quien de otra manera no lo haría.

El gobierno ha tenido tres años para probar la validez de su tesis. Ha invertido en programas sociales cantidades sustantivas del presupuesto. Ha persistido en enviar a los delincuentes mensajes de paz.

Pero la sangre no cesa. Al revés: durante estos tres años de gobierno el país ha registrado más crímenes que durante los tres primeros de Peña Nieto o los tres primeros de Calderón.

Hay al menos un país donde la estrategia de abrazos no balazos fue llevada hasta sus últimas consecuencias.

Es Venezuela.

Allá como aquí, el gobierno asumió que el crimen era hijo de la pobreza. Hugo Chávez dijo en 1999: “Si yo fuera pobre, robaría”.

Y decidió no combatir el crimen sino resolver su fondo de injusticia, su raíz social. Venezuela es hoy el país más violento de América Latina, a su vez el continente más violento del mundo. (Mañana: Venezuela, México y la soberanía criminal).

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