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Las elecciones internas de Morena han transparentado, si algo, la propuesta de “democracia real” que practican el gobierno y su partido. Es una vieja conducta: usar las reglas electorales cuando convienen y saltárselas cuando no.

Es el tema, viejo también, de la deslealtad democrática, cuyo representante mayor dentro de la izquierda histórica es Lenin, en su búsqueda descarnada del poder. Toma lo que puedas de las reglas de la democracia burguesa, decía Lenin, y tómate por la libre lo demás: usa la ley y usa la ilegalidad.

Lenin suena distante de nosotros, pero su lógica de uso de la democracia está viva en la historia de ayer y de hoy.  Vivimos en México una expansión de lógica de poder leninista según la cual el gobierno y su partido toman de las elecciones y sus reglas lo que pueden ganar y tratan de ganar lo demás por fuera de esas reglas.

El actual gobierno actúa así desde que era oposición: usando las leyes cuando le conviene, saltándoselas cuando no le convienen. Por ejemplo, en las elecciones de la semana pasada de Morena.

Lo que vimos en esas elecciones, cruzadas de fraudes, acarreos, compra de votos, extorsión a beneficiarios de programas sociales, coerción a funcionarios, es una perfecta muestra de deslealtad democrática: hacen elecciones para legitimarse democráticamente, pero las manipulan con todos los procedimientos antidemocráticos a la mano.

Y triunfan en los dos carriles: a la legalita y a la legalona, como se decía en el antiguo PRI sobre las elecciones de su tiempo, democráticas en la forma, fraudulentas en el fondo.

Para este momento del actual gobierno, México tiene ya una estructura electoral dual: la que marcan las leyes y la que imponen el Presidente y su partido.

La democracia nacida de la alternancia en el año 2000 no era impecable, lejos de eso, pero comparada con las prácticas del actual gobierno y de Morena, era un portento de reglas en construcción, con verdadera aspiración democrática.

La “democracia real” que practican Morena y el gobierno es una democracia de hechos consumados y transgresiones legales rutinarias: una antidemocracia en construcción.

No hay mucho nuevo en esto, salvo la aceleración. Pero la aceleración es el mensaje.