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Dijo el canciller Marcelo Ebrard que la Comunidad Económica de América Latina y el Caribe (Celac) debe volverse una especie de Comunidad Europea. No podría aspirarse a nada mejor, pero no es eso lo que surgió este fin de semana durante la cumbre del organismo en Ciudad de México.

La presidencia mexicana de la Celac debía pasar en esta sesión a la Argentina, pero el presidente argentino, Alberto Fernández, no pudo acudir. Lo retuvo en su país una debacle electoral y el forcejeo con su vicepresidenta, Cristina Fernández, que exigió la remoción de varios ministros, entre ellos el de Relaciones Exteriores, Felipe Solá, quien vino a México, pero, al conocer su cese, decidió no acudir a la cumbre.

La cumbre fue una asamblea de ausencias clave. Faltaron Brasil, Colombia y Chile, lo cual dejó a México en el papel de país anfitrión y país líder. Las definiciones de política exterior de México hechas en días previos sesgaron ideológicamente la cumbre hacia la defensa de Cuba y Venezuela.

En su discurso del 16 de septiembre, el presidente López Obrador describió los 63 años de dictadura cubana como “patrimonio de la humanidad”.

La aparición en la cumbre del dictador venezolano, Nicolás Maduro, sesgó aún más la balanza. Desde luego, surgieron anticuerpos.

El presidente paraguayo, Mario Abdo, dejó claro que su presencia en la reunión no significaba que reconocía a Maduro. El presidente uruguayo, Luis de la Calle, denunció la represión y la ausencia de democracia en Cuba. La querella dominó la prensa y nubló planes interesantes de la cumbre, como las iniciativas de una política regional de vacunas y un proyecto de financiamiento para nuestros países.

Los medios recogieron lo fundamental: es imposible unir en una comunidad lo que no tiene principios comunes. México no se elevó por encima de las diferencias de los países invitados. Tomó partido por las dictaduras y fracturó la cumbre. En el pecado llevó la penitencia. Quería que la Celac desconociera a la OEA. No pudo ni plantearlo.

Corolario: el discurso oficial mexicano polariza lo que toca, dentro y fuera del país.