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Ahora que la película de Ridley Scott renueva la impausada moda de Napoleón Bonaparte, esa seducción que la figura del corso ejerce sobre generaciones sucesivas, y las porciones paralelas de admiración y rechazo que produce su historia, de pronto uno se pregunta si, así como se dice que los hombres nacen platónicos o aristotélicos, no nacen también napoleónicos o antinapoleónicos.

La fascinación y el repudio que producen figuras como Napoleón, están asociadas a cierta condición límbica de la condición humana, al hervor de cierta zona donde fuimos de origen y seguimos siendo animales violentos, amenazados, sometidos y gobernados por los más violentos, pero en algún sentido también protegidos, atraídos, fascinados, por ellos, por la cadena de violentos alfa, la cadena de guerreros que han definido en tantos sentidos la historia de la humanidad.

Se pregunta Bertolt Brecht en un célebre poema quién construyó las pirámides de Egipto. En los libros, responde, están los nombres de los faraones, no de los que cargaron las piedras.

La historia registra el paso de los grandes hombres, no de la gente común que vivió bajo ellos. Freud agregaría a esto que los grandes hombres que la historia registra son, en su abrumadora mayoría violentos alfa, grandes guerreros, conductores de ejércitos, violentos conductores de violentos, grandes asesinos alfa conduciendo masacres sin nombre, en nombre de su propia grandeza o la de su reino, o de su nación o de su idea de cómo debía ser su sociedad, a quién debían obedecer sus contemporáneos y cómo podían conservar la vida, bajo su mando, aquellos que no aparecen en los libros de historia, que sólo cargaban las piedras para construir las pirámides.

La historia que se enseña a los niños en las escuelas, dice Freud en algún pasaje, son por su mayor parte hazañas bélicas, en su esencia no otra cosa que homicidios en gran escala.

La violencia tiene una cara civilizatoria, como es claro en el código civil de Napoleón y en su despotismo ilustrado, pero tiene también la cara oscura de los entre 3 y 6 millones de seres humanos, civiles y militares, que murieron en las guerras que llevan su nombre.