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Está de moda hablar del hartazgo social y del rechazo a las formas tradicionales de hacer política. En varios países vemos movimientos surgidos de la indignación que han izado la bandera de la antipolítica. Pareciera que los días de las fuerzas del establishment están contados, pero la realidad es otra: estas fuerzas están resistiendo la embestida y sus opositores las necesitan.

En Grecia, un partido hasta entonces marginal, Syriza, llegó al poder con el mandato de repudiar los dictados de la Troika. Al mismo tiempo, un movimiento de indignados en España, Podemos, se convirtió en partido en unos cuantos meses y alcanzó los primeros lugares de las encuestas. Recientemente, en Estados Unidos, Donald Trump logró amarrar la nominación de su partido por encima del establishment republicano.

Sin embargo, estas expresiones han tenido que acercarse a los actores políticos tradicionales. Tsipras negoció con la Troika para obtener el financiamiento que su país necesita. Podemos integró gobiernos regionales y en las principales ciudades españolas, pero siempre en alianza con alguno de los partidos tradicionales. Si pretende gobernar a nivel nacional solo lo podrá hacer de la mano del PSOE.

Con la nominación casi amarrada y cuando pareciera no necesitar a la élite republicana, Trump ya inició pláticas con los congresistas de su partido para obtener su apoyo. Sin su respaldo podría alcanzar la candidatura republicana, pero con el riesgo de perder la elección general y la mayoría en ambas cámaras.

Y tenemos otro ejemplo en Brasil. Desde antes del Mundial de futbol, millones tomaron las calles contra Dilma Rousseff, enojados por el despilfarro y la corrupción. Sin embargo, ella solo perdió la presidencia hasta que los partidos tradicionales le dieron la espalda.

Estos casos exhiben que quienes constituyen el establishment todavía controlan las instituciones, enormes recursos financieros y políticos, y una nada despreciable base social. Lo que hay es un empate de fuerzas a su favor y en su contra.

En el futuro se vislumbra que ambas fuerzas convivirán y negociarán en un equilibrio distinto, menos conservador, aunque no totalmente radical. Más que una sustitución, será un reacomodo hacia un nuevo establishment.