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La reforma educativa que propuso el gobierno federal implica “la universalización de la educación desde el nivel básico hasta el superior.”

¡Menuda tarea! Decirlo resulta fácil, pero para su implementación es menester “asumir un acuerdo nacional que plantee como eje políticas de discriminación positiva y una eficacia y transparencia en el uso de los recursos para dotar de infraestructura, equipo y materiales a las escuelas, sobre todo las más pobres y marginadas”.

Asimismo, plantea “la dignificación de la carrera magisterial”.

En dos palabras podríamos sintetizar los ejes de la nueva educación: “equidad y calidad.”

El Plan Nacional de Desarrollo señala que “una reforma modifica y perfecciona un ordenamiento o un sistema dado, más no lo transforma de inmediato sino a mediano y largo plazo ya que la transformación implica una reconversión del sistema y por tanto su objetivo es sustituir ese orden o sistema”.

El mismo documento reconoce que “a lo largo de los últimos 36 años se ha intentado realizar diversos cambios hacia un nuevo paradigma educativo que armonice las exigencias de un mundo interconectado, plural y regido por la sociedad de mercado, con las necesidades sociales de un país diverso y desigual donde se cohabita entre la prosperidad y la pobreza, que “las reformas educativas que se han sucedido han ido de la mano de los cambios en el modelo de desarrollo del país.

“Las reformas del nacionalismo revolucionario que culminan con el Presidente José López Portillo y las que se refieren a la etapa neoliberal que comprende de 1982 a 2018, con una agenda educativa que ha sido varias veces modificada y orientada para superar los rezagos educativos ancestrales: analfabetismo y exclusión”.

Tema para destacar es “la revalorización de la docencia”.

Este es un camino de ida y vuelta.

Los maestros deberán someterse a evaluaciones permanentes con el fin de acreditar su capacidad para enseñar y educar, se enfatiza en que “este proceso deberán realizarlo los pares académicos y no las autoridades educativas pues la responsabilidad de estas es fiscalizar y supervisar el cumplimiento de las políticas públicas”.

Y continúa “corresponde al Estado, diseñar los indicadores sobre el desempeño del sistema educativo nacional, imprescindible para diagnosticar el estado que guarda el propio sistema, pero esta es una tarea distinta a la evaluación formativa – pedagógica”

Ahora bien, en la discusión acerca de la aprobación o no, de la reforma educativa, se ha dejado de lado, como si fuera poco importante, el tema de los contenidos en los programas de estudio. Pareciera más una reforma laboral que un nuevo plan de educación nacional.

Si hemos de destacar que en este PND se hace hincapié en que a través de la educación habrá de formar ciudadanos dignos y solidarios que sean el cimiento de un país fuerte.

Sería también muy oportuno, incorporar en la reforma el asunto de las colegiaturas que cobran las escuelas privadas –en el país existen tres mil de esas– todas incorporadas a la Secretaría de Educación Pública y todas manejan tarifas a su antojo.

Sería sano voltear a ver si estás escuelas privadas –muchas “marca Patito” — podrán seguir manejándose por la libre y de acuerdo a las leyes del mercado…

¿Ahora sí, México transita hacia una reforma educativa perfecta?

¡Digamos la verdad!