Durante las últimas tres semanas, el mundo entero ha visto en vivo, por televisión, con frustración, dolor e impotencia, la muerte de miles de ucranianos, el bombardeo de escuelas, universidades, hospitales y viviendas y el desesperado éxodo masivo de casi 3 millones de mujeres y niños, en medio de temperaturas extremas, sin pertenencias ni alimentos.

La invasión de Ucrania, ex-república Socialista Soviética hasta 1991, que democratizada, alcanzó importante crecimiento y desarrollo económico y se reafirmó como puente entre Europa occidental y Rusia, comenzó en 2014, cuando Putin le arrebató Crimea y alentó los sueños separatistas de las provincias de Luhansk y Donetsk.

La guerra continúa, a pesar de las conversaciones entre los dos países, para alcanzar un cese al fuego y la apertura de corredores humanitarios que permitan la salida de desplazados y el ingreso de productos de primera necesidad para toda la población.

En su sed de protagonismo, el expresidente cambió sus alabanzas a Putin por una “condena a la invasión rusa a Ucrania” sin mencionar a Putin, cuya injerencia en la elección de 2016, al parecer le ayudó a llegar a la Casa Blanca.

Y en uno de esos arranques de “ingenio perverso” que tiene, como las inyecciones de cloro contra COVID-19, Trump dijo en una entrevista de televisión, que él ya habría “ordenado que aviones estadounidenses disfrazados de chinos, atacaran a Rusia, para que se confrontaran esas dos potencias”.

En sólo 2 semanas, el conflicto y la respuesta de la comunidad mundial para castigar a Vladimir Putin, tuvo un impacto sísmico en el sistema financiero internacional. Pero para Rusia las cosas no han sido mejor: las sanciones económicas, tanto a los 7 más importantes bancos y 90 instituciones financieras rusas, aislándolos del Sistema Mundial de Transferencias, el congelamiento de reservas internacionales, retiro de fondos de inversión y la operación de negocios de Estados Unidos o el decomiso de bienes del presidente Putin, sus familiares, integrantes de su gobierno y Oligarcas multimillonarios rusos, ha sido devastador.

El impacto de ese baño de sangre trajo como consecuencia una inusitada alza de precios de la gasolina, de 5 a 8 dólares por galón en Estados Unidos, agudizando aun más los problemas de suministro, transporte y abastecimiento de todo tipo de productos, que se debilitó durante la pandemia, haciendo más difícil para Estados Unidos, controlar la inflación que ya llega al 9.5%.

A diferencia de otros conflictos, tanto Estados Unidos como la comunidad internacional, no han podido intervenir directamente para impedir el genocidio y numerosos crímenes de guerra -que ya investiga el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya-, por la amenaza de represalias contra otras naciones, usando armas nucleares, lo que conduciría a una III Guerra Mundial, de proporciones incalculables.

Temiendo la rápida expansión del conflicto, las 30 naciones de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, se limitan a apoyar al presidente Volodymyr Zelensky y sus fuerzas armadas, con misiles anti tanque Javelin, tierra aire Red Eye, RPG-7, rifles y municiones.

La Comunidad internacional se ha movilizado para transportar miles de toneladas de alimentos, agua, medicinas y cobertores, para la población de 44 millones de personas, cuyas viviendas fueron reducidas a escombros y viven en estaciones del metro, improvisadas como refugios antiaéreos, sometidas a terribles condiciones de temperatura extrema, sin los satisfactores más básicos, en una crisis humanitaria que crece cada día y en la que World Central Kitchen, del restaurantero español José Andrés y un gran número de ONG’s, gobiernos de naciones vecinas, ayudan a la población indefensa.

En previsión de una eventual expansión territorial de Vladimir Putin, obsesionado en reconstruir lo que fue la Unión Soviética, la OTAN movilizó una fuerza de más de 100,000 soldados, más de 170 aviones, barcos y portaviones, para responder con toda la fuerza a cualquier ataque a alguno de sus integrantes, de acuerdo al Artículo 5 de su reglamento, que establece que el ataque a alguno de sus integrantes es considerado como una agresión contra todos.

Texto publicado en LA Times y reproducido con autorización del autor