Ante la imagen del mundo, Estados Unidos logró el crecimiento económico del 65%, abatió el desempleo a menos del 4.7% y se recupera rápidamente de la crisis ocasionada por la pandemia, adoptando medidas contra la nueva amenaza de Ómicron, la más nueva de las 30 variantes del coronavirus, originada en África, y detectada ya en New York. Minnesota, Colorado, California y Hawái.

Mientras tanto, el expresidente Donald Trump avanza en una extensa y compleja estrategia de mentira, distorsión y manipulación, al amparo de su invención de “robo de la elección,” aceptada ya por un 40% de la población de Estados Unidos.

Lejos de dar curso a sus “denuncias” sin pruebas, la justicia de Estados Unidos lleva a cabo numerosas investigaciones que podrían concluir en una eventual prisión por incitar a la insurrección armada que resultó en el mortal ataque al Capitolio, amenazantes llamadas telefónicas a gobernadores, secretarios de Estado y legisladores, de Georgia, Pensilvania, Michigan y Arizona para tratar de interferir en los procesos electorales estatales.

Sus abogados, Rudy Giuliani, Sidney Powell, Lin Wood y otros siete, que pretendieron hacer de las cortes un circo, para infundir falta de confianza en el proceso electoral, fueron obligados a pagar cerca de 200,000.00 dólares cada uno a ciudades como Detroit, Atlanta y a varios gobiernos estatales, en restitución de los gastos legales que hicieron, durante juicios en los que se confirmó la falsedad de las afirmaciones de Trump.

“Los casos no fueron nunca acerca de fraude electoral” dijo la magistrada federal Linda Parker, en su decisión de 110 páginas “los abogados presentaron graves acusaciones de fraude masivo en la corte, sin el respaldo de evidencia, con el único propósito de debilitar la fe de los electores en nuestra democracia”.

Donald Trump no aprendió la verdadera lección del proceso electoral de 2020.

No entendió que el rechazo a un segundo término fue a causa de su polarización y mal manejo de la pandemia de coronavirus y que cobró más de medio millón de muertes que pudieron ser evitadas, desplomó la economía; fue un rechazo a su confrontación con países aliados y su acercamiento a Rusia o Corea del Norte.

Con su limitada visión “no entendió” que el fracaso de su fallido golpe de Estado se debió a que muchos de sus funcionarios, fueron respetuosos de la ley y rechazaron ser cómplices de actos ilegales y traición a la Constitución.

Frustrado y con desesperación, vio que los grandes poderes de este país no deseaban interferir en el cotidiano esfuerzo de trabajar para engrandecer esta democracia.

Eran tiempos en los que la verdad no tenía definición política, y la seguridad nacional, la educación o la salud pública, eran neutrales. Que cada una de esas áreas tenía a su cargo la solución de los grandes desafíos con apoyo, no manipulación del presidente en turno.

Tiempos de auténtico patriotismo, en que se delató la corrupción, abusos y actitudes en contra del interés nacional y en los que esta sociedad -antes de buena fe- veía la mentira, como un insulto a la más básica inteligencia y no se toleraban violaciones a la ley, fraudes, manipulación o tergiversación de hechos y mucho menos, se imaginó siquiera la ilegal revocación del resultado sagrado de una votación popular.

Así lo atestiguamos con Al Gore, con la crisis de los “hanging dots” o boletas mal perforadas, cuando el candidato presidencial demócrata, -aun teniendo un caso más convincente que Donald Trump, de acuerdo al juez federal Reggie Walton- se comportó como un hombre de Estado” y no objetó la decisión judicial en favor de George W. Bush, o Hillary Clinton, quien a pesar de la clara intervención rusa en favor de Trump, aceptó el resultado final y se retiró.

En la elección presidencial de 2020, Trump pensó que el voto de “supremacistas,” “nacionalistas” blancos -antes indiferentes al voto- y de nuevo, con la ayuda de Rusia, -como detectaron agencias de inteligencia-, le darían la victoria.

Y determinó que, para evitar un nuevo fracaso, requería de una extensa y peligrosa estrategia, para engañar y manipular a su antojo a más de 70 millones de seguidores, incluido lo que queda del Partido Republicano, para destruir la democracia y tomar el poder, en 2024.

Así, al amparo de la mayor de 30,000 mentiras que le han sido comprobadas, Trump cambió las reglas.

Asumió el control de los fondos millonarios que el Partido Republicano recaudaba para el financiamiento de las campañas de todos sus candidatos, condicionándolos ahora a “lealtad absoluta”, cortando el suministro de quienes percibe como no incondicionales. Y usa el fondo para pagar también algunas de las cuentas millonarias de sus demandas fallidas y equipo de abogados.

Manipula a su antojo a los líderes Mitch Mc Connell, del Senado y Kevin Mc Carthy, de la Cámara Baja, para que obstruyan y destruyan cualquier iniciativa de ley del presidente Joe Biden, como su Plan BBB de infraestructura, su presupuesto, (a lo que se han sumado los senadores demócratas Joe Manchin y Kyrsten Sinema) nominaciones e iniciativas para imponer medidas obligatorias de salud urgentes para frenar el avance de Ómicron, que los Republicanos dicen “es otra invención demócrata con fines electorales) mientras libra una encarnizada batalla judicial, para evitar que los Archivos Nacionales entreguen al Comité del Congreso, que investiga el asalto al Capitolio, más de 800 documentos sobre su actuación en ese trágico evento.

También, el manejo de la autorización de fondos de emergencia para la operación del gobierno, ahora autorizados hasta febrero, mientras presiona para que impidan el incremento de la deuda externa, para obligar a que, por primera vez en la historia, Estados Unidos no pueda pagar sus obligaciones, lo que tendría un efecto catastrófico en la economía mundial.

Además, el expresidente impide a los lideres a su servicio, detener o sancionar las violentas provocaciones de sus fanáticos extremistas, como Paul Gosar, que difundió un video en el que “asesina” a la congresista Alejandra Ocasio Cortés y ataca al presidente Biden, a la congresista Marjorie Taylor Green, que -como las congresistas republicanas Lauren Boebert y Nancy Mace- atacan a legisladoras demócratas por su religión y origen.

Promovió drásticas reformas a leyes electorales estatales, que restringirán el voto, aumentando requisitos y eliminando la flexibilidad que existía, reduciendo horas de votación, boletas enviadas por correo o voto anticipado por ausencia, obligando a personas de edad avanzada o madres con niños, a esperar en largas filas para depositar su sufragio, mientras sus fanáticos planean nuevas acciones.

Trump ordenó a más de 27 gobernadores legislaturas estatales, consejos de supervisores y alcaldías Republicanos en el país, sustituir a todos los secretarios de Estado, funcionarios electorales, observadores, jueces y supervisores del proceso, por personas que le sean incondicionales, a fin de garantizar que prosperen sus denuncias.

Trump aún analiza la eventualidad de contender para la elección presidencial de 2024, lo que podría decidir el año próximo, después del resultado de la elección intermedia, en la que confía que el Partido Republicano recupere el control de alguna o las dos Cámaras del Congreso, por lo que los 81 millones de estadounidenses que votaron por Joe Biden, esperan más celeridad en los procesos judiciales contra Donald Trump en múltiples áreas, para detener la potencial amenaza que representa, para la supervivencia de la democracia en este país.

De acuerdo con una encuesta reciente, si Trump contendiera contra Joe Biden, estarían empatados en 40%, mientras que un 14% manifestó que votaría por alguien más, que no fueran ellos, 4% dijo no estar seguro de por quién votar y 1% dijo no votaría.

A Biden lo apoya el 87% de Demócratas mientras Trump tiene el apoyo del 80% y cada uno tendría el 100% de votantes que los apoyaron en la elección de 2020.

*Texto publicado en Los Ángeles Times y reproducido con autorización del autor