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La normalidad democrática se asocia, sobre todo, a dos resultados derivados de elecciones justas y competidas: la alternancia en el poder y el gobierno dividido. Lo segundo ocurrió en 1997; la primera alternancia en gobiernos locales en 1989, y en el plano nacional en 2000. 2018 interrumpe 21 años de gobiernos sin mayoría legislativa. Para el país y más para la oposición, no es fácil procesar un Congreso totalmente afín al gobierno.

Previendo la falta de equilibrios, la mayoría calificada ha sido el candado para que una fuerza política por sí misma no pueda decidir temas fundamentales, no solo las reformas constitucionales. Sin embargo, la aprobación del presupuesto, instrumento fundamental del gobierno, y la reforma fiscal pueden realizarse por mayoría simple.

Llama la atención que la oposición no haga campaña en estas elecciones con el tema fiscal. El Presidente se comprometió a no crear nuevos impuestos durante la primera mitad de su gobierno. Eso implica que lo haría en la segunda mitad, especialmente por la crisis en las finanzas públicas, además de la necesidad de actualizar el marco regulatorio de los ingresos públicos.

Por los modos y formas del actual gobierno, preocupa que tenga mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. La que ha podido construir con sus aliados le ha servido para modificar la reforma eléctrica, asunto en manos del Poder Judicial Federal por la vía del juicio de amparo, así como la eliminación de los fideicomisos, la designación de la titular de la CNDH y otras decisiones legislativas muy cuestionables. Ni antes y ahora quizá menos, por el perfil del gobernante, la mayoría legislativa tiene capacidad para contener la voluntad del que despacha y esta vez, además, vive en Palacio Nacional.

En la circunstancia actual, es preferible una situación de poder dividido. Pero el hecho que el Presidente no tenga una mayoría parlamentaria no significa virtud en sí mismo. Tal situación supone un mayor sentido de responsabilidad de la oposición para evitar la parálisis, y para darle gobernabilidad al país y funcionalidad al Congreso. Sería indispensable un gobierno que escuche y una oposición dispuesta al entendimiento. Para algunos es mucho pedir.