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De la desinflada hipótesis del GIEI sobre un quinto autobús con droga rumbo a Chicago, lo único remotamente relacionado es que la DEA interfirió chats de la banda Guerreros Unidos que fortalecen la “verdad histórica” y exhiben la ineficiencia del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI).

Se cumplen hoy cinco años de la desaparición de Los 43. En la búsqueda de lo sucedido han participado: la Fiscalía de Guerrero, la extinta Procuraduría General de la República, el Equipo Argentino de Antropología Forense, el GIEI, peritos en fuego, el Laboratorio de ADN de la Universidad de Innsbruck y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Con la sola excepción del GIEI, todas esas instancias, desde distintas ópticas y apoyadas en decenas o cientos de investigadores, criminalistas, criminólogos, patólogos, policías, peritos, agentes del MP biólogos, médicos, psicólogos, etnólogos, etcétera, hicieron una labor que, con las omisiones, deficiencias, indolencias, arbitrariedades, errores y aciertos que se quiera, soportan la más verosímil narrativa de lo sucedido: los jóvenes fueron levantados por narcopolicías municipales que los entregaron a sus asesinos y éstos quisieron borrar todo rastro del destino, según las abundantes evidencias y sólidos testimonios: el basurero de Cocula.

En su negación de que allí ardió una hoguera, el GIEI eludió estudiar los ácidos grasos humanos. Desestimó el análisis de daños por fuego en la vegetación. Eludió correlacionar los indicios físicos, químicos y biológicos de lo recuperado en el río San Juan, indicativos de que provinieron de ese vertedero.

Un dato medular, prácticamente ignorado pero que figura en la detallada y voluminosa recomendación de la CNDH: Innsbruck determinó correspondencia genética entre un fragmento óseo rescatado en el río con otro del basurero. Ambos corresponden a Jhosivani Guerrero de la Cruz (el otro y primer estudiante plenamente reconocido es Alexander Mora Venancio, por el método nuclear y, con un segundo fragmento, a través del mitocondrial).

Pese a todo, de regreso en México para intervenir en las nuevas investigaciones, una de las integrantes del GIEI, Ángela Buitrago, volvió a negar antier la identificación de ambos normalistas.

El Grupo decidió no enviar más fragmentos óseos a la universidad austriaca (los argentinos avalaron el envío de 27 muestras y la CNDH sugiere se analicen otras 121). Con argucias aparentemente científicas, insiste en que ningún cuerpo de los estudiantes fue quemado en ese basurero; que quienes declararon esto lo hicieron bajo tortura, y que los restos que se conservan fueron “sembrados” (insidia que dio pie a los señalamientos de que los cuerpos fueron “incinerados” en un crematorio militar).

La del GIEI es una variante del “busco trabajo rogando a Dios no encontrarlo”: una participación aviesamente parcial y tendenciosa en lo que debió mantenerse bajo la responsabilidad de las instituciones mexicanas.