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¿Hasta dónde muchas de las acciones del actual gobierno en su conducción política del país son por la aplicación de las estrategias de los libros de texto? Como, por ejemplo, en el episodio de la violación de los contratos celebrados entre la Comisión Federal de Electricidad y diversas empresas para la operación de gasoductos.

El filósofo estadounidense Noam Chomsky es autor de una lista con 10 estrategias de manipulación a través de los medios de comunicación y cada una de ellas se adapta con una cercanía aterradora a la realidad mexicana contemporánea. Pero la estrategia de “problema-reacción-solución”, parece acomodar a ese episodio protagonizado por la CFE.

Se genera una situación, como el incumplimiento de los contratos firmados con particulares que alteran a los mercados y generan incertidumbre, con el planteamiento de que las empresas quieren abusar de los recursos económicos del país. La demanda popular exige meter en cintura a los empresarios abusivos, más que respetar los contratos.

Al final, se anuncia una solución que pone en alto el nombre del gobierno mexicano por los ahorros logrados, aunque en los cálculos reales no haya tal ventaja económica. Restauración de una parte de la confianza perdida, garantía de suministro de gas natural y, sobre todo, aplausos al presidente por su atinada intervención directa en el conflicto.

Lo que en el mundo financiero fue claramente un atentado contra la confianza, fue llevado en el terreno de la política de la 4T al nivel de un triunfo contundente del presidente que logró rescatar recursos del país y tener a los empresarios más importantes del país agradeciéndole por ello.

Ha habido claramente un costo real de la estrategia de confrontación con los capitales que ha emprendido este gobierno. Para el presidente Andrés Manuel López Obrador, la cancelación de la construcción del aeropuerto en Texcoco deber ser el ejemplo mejor acabado de su eslogan del primer informe de separar el poder económico del poder político.

En el mundo real, fue un muy duro golpe a la confianza de los inversionistas de todo nivel por la irracionalidad de tal medida.

De alguna manera, el tema se metió en la mañanera en la que el presidente anunció el acuerdo con las empresas propietarias de los gasoductos. Y a reserva de saber si la pregunta fue sembrada por la prensa que sí aplaude, por un empresario o fue algo casual, el tema está de vuelta.

Por enésima ocasión se pudo ver que el aeropuerto en Texcoco no descansa en paz en la santa sepultura de los proyectos que detesta el presidente López Obrador. Entre las decisiones del poder judicial y la presencia permanente del tema en foros tan importantes como las mañaneras de Palacio Nacional.

Claro que en la mañanera del día siguiente, el presidente López Obrador se apresuró a decir que ya estaban liquidados todos los contratos con los constructores del aeropuerto de Texcoco.

Pero con eso de que a esa importantísima obra de infraestructura ya le han dado tantas veces los Santos Óleos, pero todavía se ve que se le mueve una patita, habrá que ver si no optan por aplicarle el modelo de Chomsky de “problema-reacción-solución” y se lo pueden endilgar al sector privado, con alguno de esos esquemas de inversión que hagan lucir muy bien al presidente y que de paso le ayuden a recuperar algo de la confianza perdida.