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En los primeros días de enero de 1959, Jacobo Zabludovsky no pudo lograr en La Habana una entrevista con Fidel Castro, el triunfador épico. Logró, sin embargo, sentarse frente a Ernesto Guevara, llamado “el Che”, destinado a ser emblema de la izquierda mundial, y alter ego de Fidel, a quien los cubanos llamaban “el caballo”.

A Jacobo se le ocurrió preguntar, y culposo lo reconoció siempre: ¿cuándo los barbudos triunfantes de la revolución cubana se iban a rasurar? El argentino le respondió arrogante, como son algunos bonaerenses, aunque él era de Rosario, más o menos lo siguiente, que no es textual: ¿entonces nosotros hemos hecho un movimiento para transformar Latinoamérica y a ti sólo se te ocurre preguntarme cuándo nos vamos a quitar las barbas?

No se rasuró el Che y fue consecuente con su proyecto continental; ni siquiera cuando fue a su última batalla para exportar la revolución cubana, arma en mano, en Quebrada del Yuro, en Bolivia, en donde fue herido en una pierna, el 8 de octubre de 1967. Al día siguiente fue fusilado.

Pero mucho menos se rasuró ocho años antes cuando, como segundo al mando en la isla, ejerció brutalmente el poder total. Con ese particular humor caribeño, los entusiastas habaneros de entonces, coreaban, al paso de remolques con resignados cadáveres en ciernes, “esos son, esos son, los que van al paredón”. Guevara decidía quiénes iban a la cárcel de La Loma, o quiénes iban a la fortaleza de La Cabaña al paredón para ser fusilados.

Esta parcial caricatura de revolución que aquí esbozo, comienza a hundirse, irremediablemente. Cuba va a un gran cambio, que debiera ser transformación. Donald Trump está a cargo y, con el cubano de origen Marco Rubio, quieren todas las canicas. El gobierno cubano se hunde. Su gobernante quiere negociar una salida menos indigna con los Estados Unidos.

Los Estados Unidos se van a hacer de Cuba, no hay duda, como se hicieron de Venezuela, por la fuerza, y sin que tengan que desembarcar tropas ahora en Bahía de Cochinos.

Van a tomar el poder. Y van a regresar a reconstruir a La Habana de Meyer Lansky, los casinos, la prosti —que tampoco ha desaparecido con Fidel— y las drogas.

¿Quiénes serán ahora los que vayan al paredón?

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Yo siempre he estado orgulloso de mi apellido, porque toda mi esencia me la inyectó mi padre. Ahora resulta, en mi tierra, que las aspiraciones del poder estatal tienen que ver con la consanguineidad o el vínculo matrimonial.

Dicen los que dicen saber que por el Movimiento Ciudadano los candidatos a la gubernatura de Nuevo León solamente son, por ese ente, Mariana Rodríguez del gobernador, y Luis Donaldo Colosio. Sin más atributos demostrables que sus apellidos o parentescos. Por el PRIAN, si no van por una fórmula que ya perdió, repetirán.

Me dice un colaborador en estos sitios que Morena ganará fácilmente las elecciones de Nuevo León; yo no coincido en el pronóstico, pero puedo equivocarme. Aunque nadie lo crea, no soy perfecto.

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