Esto no ha terminado

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Laura GarzaEnfoque Manual

Recorrer India desde la perspectiva e interés social, te deja fuera las rutas turísticas o todo aquello que está preparado para que los occidentales no nos asustemos demasiado y solo apreciemos la vasta historia que aguardan

La realidad de India es devastadora, las escenas que nos llegan a este lado del planeta resultan tan complejas de entender cuando la cotidianidad de portar un cubre bocas en nuestro país está resultando ya ser algo tan normal como cargar con nuestro celular.

La segunda ola de Covd-19 que ha atacado a ese hermoso y caótico país, está llegando al tope una crisis sanitaria que si bien, se veía venir en la primera ola, esta resulta aún más potente y angustiante.

Ni espacio en las funerarias, ni tampoco madera suficiente para las incineraciones al aire libre en cualquier espacio posible, ni capacidad en los ríos para lanzar los cuerpos porque estos han comenzado a aparecer.

Todo esto rompe la idea de despedirse de sus muertos bajo los rituales hinduistas en el Río Ganges, en donde sus cenizas son echadas para su liberación espiritual, sino que los cadáveres están siendo lanzados directamente a las aguas, después de que no hay ni dónde colocarlos, ni cómo cremarlos y la gente más pobre no tiene ni para comprar madera o las propias barras de sándalo.

El brote se propaga de manera tan rápida que lo que se catalogaba como una variante, ahora resultan ser más que una. La búsqueda desesperada por tanques de oxígeno por familiares, está inhibiendo cualquier tipo de control planteado.

Enrojecimiento y dolor de ojos, nariz, dificultad para respirar, vómitos, el estado mental alterado, están atacando principalmente a la gente de las zonas rurales. Considerando que en India hay más un billón de personas y que el tipo de pobreza se asemeja más a una miseria difícil de explicar, resulta ligeramente comprensible la cantidad de contagios y muertes.

Recorrer India desde la perspectiva e interés social, te deja fuera las rutas turísticas o todo aquello que está preparado para que los occidentales no nos asustemos demasiado y solo apreciemos la vasta historia que aguardan.

Caminar entre calles sin guía, más que el instinto de acercarse lo más posible a una realidad que poco nos cuentan, es despertar los sentidos y palpar la miseria y los distintos problemas urbanos en los que miles de personas viven diariamente.

Drenajes abiertos y expuestos, la elaboración de comida a lado de baños públicos, hombres y mujeres que se lavan los dientes en cualquier esquina, hombres escupiendo en las paredes o haciendo del baño en donde más les apetece, animales que vagan por las calles o los parques también dejando sus necesidades esparcidas por donde caminas.

Eso por solo contar un poco de lo que te puedes encontrar, y bajo esa perspectiva tiene cierta lógica, dolorosa e inhumana, que podría justificar un poco la rapidez con que el Covid y sus variantes se proliferaran a esa velocidad.

La fotografía captada por el fotoperiodista de la agencia EPA, Piyal Adhikary es tan poderosa que nos transmite la ansiedad de este hombre por poder respirar.

Su cuerpo tendido, su mirada perdida en el cielo, en la esperanza, en la creencia de que quizá podría lograr sobrevivir o quizá se encuentre en este limbo entre el mundo terrenal y aquél que desconocido.

Podría estar mirando el carrete de imágenes de su vida, o mirando de manera concentrada a un punto en el techo para no olvidar que debe de respirar y hacer todo lo posible por quedarse.

Su nariz, su boca, el respirador y usted y yo tratando de respirar como si se nos fuera un poco también a nosotros.

Piyal caputra un instante de quien no sabemos si logró sobrevivir o no, y entonces pareciera una intromisión a la vida de un desconocido que se encuentra entre la línea de la vida y la muerte, al menos en lo que vemos.

Lo vemos sin camisa, con la boca abierta, en uno de los momentos más endebles mientras usted y yo lo miramos, con un par de días después, con una vista de quién observa creyéndose poderoso y confianzudo de que aquí en México ya pasamos lo peor.

Lo miramos sin permiso y nos apropiamos de su dolor, porque eso es lo que hace el fotoperiodista, captar lo mejor o lo peor de cualquier situación y hacernos sentir que estamos allí, que somos parte del caos o del orden, de la muerte ajena y de la vida propia.

Quien sale a las calles a fotografiar este tipo de escenas, reconoce el poder de su mirada como un transmisor ilimitado de emociones y situaciones que transforman y acercan a quien es la miran.

Este señor que hoy vemos, es un aviso o un recordatorio de que nuestra vida no será la misma y que si viene algo más, será peor.

Foto: /EPA Photos Piyal Adhikary
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