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Clinton pierde fuerza, mientras que el republicano crece, sin necesidad de moderar su discurso.

Donald Trump ya empató a Hillary Clinton en la encuesta de The New York Times/CBS. Son 40 puntos porcentuales para cada uno. Lo peor para la señora Clinton es que llegó a tener más de 30 puntos de ventaja sobre su adversario. Eso fue hace más de un año, cuando ese frente a frente parecía improbable. Clinton pierde fuerza y Trump crece, sin necesidad de moderar su discurso.

¿Para qué moderarse? A los partidarios de Trump no les importa que él sea ignorante de las sutilezas técnicas necesarias para abordar las grandes cuestiones. Una encuesta de The Wall Street Journal reveló que supera a Hillary Clinton en credibilidad para el manejo de la economía, el comercio y las relaciones con los financieros de Wall Street. En el único asunto económico que Clinton genera más confianza que Trump es en la atención a los asuntos de la clase media.

El 90 por ciento de los que quieren a Trump como presidente considera que Estados Unidos va en la dirección incorrecta. En este juicio caben los desencantados por el desempeño de la economía, los cambios demográficos que vive la sociedad y el nuevo estatuto legal de asuntos como los matrimonios homosexuales y la legalización de la mariguana.

Tres de cada cuatro personas que manifiestan preferencia por Trump apoyan la idea de levantar un muro entre México y Estados Unidos. Ocho de cada 10 piensan que hay demasiados inmigrantes y que la expulsión de la mayoría de ellos es una buena idea. Musulmanes y mexicanos encabezan la lista de migrantes que sus simpatizantes consideran indeseables. Son xenófobos, pero no manifiestan niveles altos de animadversión contra chinos o indios, por ejemplo.

Si Trump consigue convertir la cuestión de los migrantes en uno de los grandes temas de la campaña, sus posibilidades de triunfo crecerán. Esto ya ocurrió en el Brexit y puede ocurrir en Estados Unidos. A él lo apoyan apasionadamente muchos de los que consideran que la migración es uno de los grandes problemas. Apoyo apasionado quiere decir disposición a movilizarse para votar y presionar para que haya un cambio sustancial en la política migratoria.

Clinton representa una voz moderada y pragmática en ese tema, pero sus partidarios no defienden a los migrantes con la misma vehemencia con que los trumpistas atacan. Además, están cometiendo el mismo error que los adversarios del Brexit. Ofrecen argumentos económicos para refutar la xenofobia. Dicen, por ejemplo, que la expulsión de millones de mexicanos podría costar más de 400 mil millones de dólares al PIB de Estados Unidos.

Donald Trump no ha presentado un plan económico formal, pero habla de bajar impuestos; recortar el gobierno e impulsar a los pequeños empresarios. No dice cómo, pero habla con vehemencia. Es enemigo del Tratado de Libre Comercio con América del Norte. Quiere reestructurarlo o romperlo. Su discurso es ramplón pero está lleno de anécdotas que dan vida a la hoguera del enojo: fábricas que se han “mudado” desde Estados Unidos hacia México y mexicanos “quitando” el trabajo a estadounidenses. El argumento es simple y no resiste un debate económico de altura, pero los que están enojados no están de humor para discusiones sofisticadas. Su reino es el de los enojados, un grupo que se expande sin parar. El enojo se nutre de lo que está en el aire: los disturbios raciales; la desaceleración económica y la incertidumbre por el futuro.

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