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Todo esto es mucho más que un estilo agresivo de negociar, es una megalomanía que hace a Donald Trump creer que puede jugar con la estabilidad de su país para conseguir sus metas personalísimas.

El presidente de Estados Unidos va a jugar con el tema de los aranceles durante algún tiempo, en la medida que su clientela se enardezca y que él mismo sienta que detenta todo el poder.

Por lo pronto, para México, que ya libró la amenaza de febrero, ahora enfrenta la advertencia de marzo, cuando se cumpla el mes de gracia que dio ayer a la presidenta Claudia Sheinbaum, y después llega el plazo de abril cuando advierten una revisión, ahora sí comercial, de los aranceles.

Esa incertidumbre no es buena noticia ni para México, Canadá o cualquier otro país que se cruce en la mira de Donald Trump.

Pero quien más pierde es Estados Unidos, la economía más poderosa del mundo ha dejado en claro que a partir de ahora no es confiable, que son un país tan vulnerable al populismo y al autoritarismo como cualquier país subdesarrollado.

El presidente de Estados Unidos, más que estimaciones y cálculos, tiene creencias. Cree que no tendrá un impacto en su economía, cree que la inflación se elevará de forma pasajera, está seguro de que para su país no habría consecuencias.

Lo que no parece ver, al momento de castigar a esos extranjeros abusivos, canadienses, chinos o mexicanos, es que los importadores son básicamente empresas estadounidenses y los consumidores son los ciudadanos que votaron por él justamente por la alta inflación.

Lo que debió medir mejor es el impacto de la desconfianza por asumir una postura autocrática y cambiar las reglas del juego en un país que se ha caracterizado por jugar by the book, con la confianza de las instituciones y los consensos democráticos.

Nosotros sabemos muy bien qué es lo que está pasando ahora mismo en Estados Unidos, en una escala diferente pero ese modelo autocrático basado en creencias personales mal informadas es precisamente el que implementó, y se mantiene, tras la llegada a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador.

También en México tenemos que reflexionar sobre lo hecho por este régimen. Piden un frente común ante la amenaza trumpista justo cuando se apoderan de las cuentas de vivienda de los trabajadores, cuando siguen adelante con la farsa de la elección judicial. ¿Cuál frente común?

Donald Trump les demuestra a los empresarios de su país que ahora viven en un lugar donde las reglas las quita él a su antojo y si él cree que Canadá es un traficante de fentanilo, que no lo es, no duda en emprender una guerra comercial con quien ha sido su principal aliado en su historia.

Trump ni siquiera se siente obligado a demostrar las ligas que acusa entre el narcotráfico y el gobierno mexicano, no tiene ningún remordimiento por los efectos en los mercados que hoy mismo vemos, no mide las consecuencias de su actuación dictatorial e irracional.

Pero todos esos costos que ahora acumula tendrán también un impacto en su propia economía que hoy deja ver que es tan arriesgada como la de cualquier país subdesarrollado, liderado por un líder populista autoritario.