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Una de las críticas centrales a la reforma -tanto de partidos opositores al gobierno, como diversos círculos sociales y académicos- es la ambigüedad que representa enunciar la “injerencia extranjera” como causalidad de nulidad electoral, sin precisiones
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Como en los años 80, el gobierno federal presume una aparente fortaleza de la cotización del peso frente al dólar como una especie de logro político.

De entrada, el “peso fuerte” está en 19 por dólar, lo cual no es realmente mucha musculatura que presumir. Y, además, no es un indicador financiero tan determinante para comprobar que una administración como la de Andrés Manuel López Obrador esté haciendo bien las cosas.

Claro que el tipo de cambio reacciona por cuestiones internas, como lo vimos con la cancelación del aeropuerto de Texcoco. Pero los que hoy mantienen pesos en lugar de dólares lo que ven es la estabilidad macroeconómica, el premio que dan las tasas de interés locales.

Mucho menos atención le pone el mercado cambiario al proceso de desaceleración, en la medida que no altere las cuentas públicas. Y nada de atención le presta a la retórica política habitual.

Lo que ciertamente hace que se muevan las cotizaciones cambiarias son las decisiones de política monetaria de los principales bancos centrales del mundo. Básicamente, lo que decida la Reserva Federal de Estados Unidos.

Hoy queda más claro que ese banco central que se encarga de imprimir el dólar estadounidense está en la antesala de una temporada de bajas en la tasa de interés.

Hay la expectativa de que entre la reunión de la próxima semana y el final de este 2019 la Fed pueda recortar hasta en tres ocasiones su tasa interbancaria, que actualmente se encuentra en un rango de entre 2.25 y 2.50 por ciento.

De hecho, el mercado le da 100% de posibilidades a que en la reunión de la siguiente semana se recorte la tasa en un cuarto de punto.

Esto hace que las parvadas de capitales salgan al mercado mundial en la búsqueda de mejores rendimientos.

En México encuentran hoy tasas altas, grado de inversión y un mercado con la liquidez suficiente para entrar y salir con mucha facilidad.

Así que el tipo de cambio terminaría el verano en estos niveles actuales de 19 por uno, o incluso con alguna ligera apreciación mayor.

Pero esto durará hasta que alguna firma calificadora tome el paso, cada vez más probable, de degradar la calificación de la deuda soberana mexicana. O bien hasta que conozcamos el Paquete Económico del 2020 y eventualmente la 4T presente metas inalcanzables.

Sin degradación crediticia y con un Paquete Económico congruente, y sin un cambio en la política monetaria del Banco de México, que lleve a bajas consecutivas de la tasa de interés interbancaria, podemos esperar que ese peso fuerte que presume el presidente se mantenga.

Pero, vamos, el tipo de cambio no debe ser la variable a presumir. Su movimiento tiene que ver con tantas variables que puede repentinamente depreciarse por razones ajenas a la economía nacional.

O bien, puede ser el primer indicador de las consecuencias de las malas decisiones internas, con todo lo que eso implica para un gobierno y una sociedad que mantienen ese matrimonio con la relación del peso frente al dólar.