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Si alguien imaginaba que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina se discutirían en una mesa diplomática, con banderas, traductores y un mínimo de solemnidad, estaba equivocado. La nueva modalidad consiste en hacerlo entre hoyos de golf, cócteles tropicales y habitaciones del hotel del anfitrión.

Así ocurrió en Mar-a-Lago, el club, hotel, residencia, negocio familiar y ahora también sede diplomática de Donald Trump, donde se celebró la minicumbre bautizada con el pomposo nombre de Shield of the Americas-Escudo de las Américas. El título suena a película de superhéroes de bajo presupuesto, pero en realidad fue una reunión de 12 mandatarios

No deja de ser una sutil y mercantil coincidencia: convocar una cumbre continental en el propio negocio. Algunos líderes latinoamericanos han privatizado países; Trump, en cambio, privatiza la diplomacia.

Los 12 mandatarios representaron a los siguientes países de Latinoamérica: Argentina, Bolivia, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Ecuador, Guyana, Honduras, Paraguay, Panamá, Trinidad y Tobago, a ellos se unió el presidente electo de Chile. Brasil, México y Colombia fueron excluidos por “mal portados”. Mejor que no hayan asistido a la clase donde el profesor reparte regaños mientras cobra la renta del salón.

La cumbre tenía como objetivo construir una gran alianza continental contra los cárteles del narcotráfico. Una especie de OTAN tropical, con palmeras y mojitos. Todo marchaba con la solemnidad esperada hasta que el anfitrión tomó la palabra y decidió ilustrar a sus invitados sobre un asunto lingüístico de gran importancia hemisférica. Con su acostumbrada delicadeza verbal, Trump declaró: “No aprenderé su maldito idioma”.

El comentario, pronunciado frente a una docena de presidentes cuya habla es precisamente ese “maldito idioma”, produjo un silencio profundo. Nadie protestó. Nadie carraspeó. Nadie pidió siquiera una traducción diplomática. Los mandatarios permanecieron inmóviles, como alumnos disciplinados cuando el maestro se burla del apellido de uno de ellos. Tal vez pensaron que protestar podría arruinar el postre.

El episodio revela algo curioso: el español lo hablan más de 635 millones de personas en el mundo, pero al parecer en Mar-a-Lago es un dialecto menor que no merece ni una leve defensa por parte de sus propios representantes políticos.

Resulta difícil imaginar la escena inversa: 12 presidentes europeos escuchando a un mandatario extranjero decir que no piensa aprender su “maldito idioma”. Probablemente la cumbre terminaría antes del café. En cambio, en la reunión en Florida lo único que se movió fue la sonrisa diplomática de los invitados, una especie de gesto que combina genuflexión y obediencia con un leve temor de que el anfitrión retire la invitación al campo de golf.

Después de resolver el asunto lingüístico, Trump pasó al tema central: la guerra contra el narcotráfico. El planteamiento fue sencillo y contundente. Si es necesario, dijo, Estados Unidos podría utilizar misiles para atacar a los capos. Incluso sugirió la posibilidad de dirigirlos directamente a las habitaciones donde se encuentren. La propuesta tiene cierto atractivo cinematográfico. Uno imagina un misil de precisión atravesando la ventana de un narcotraficante mientras suena música épica de fondo.

El único detalle incómodo es que el problema del narcotráfico no empieza en la selva latinoamericana, sino en el mercado que lo financia: el consumo gigantesco dentro de Estados Unidos. Es decir, se propone lanzar misiles contra la paja en el ojo ajeno mientras se ignora tranquilamente la viga en el propio. Porque los cárteles existen por una razón muy sencilla: hay millones de consumidores dispuestos a pagar por lo que venden. Y esos consumidores no viven precisamente en Tegucigalpa ni en Asunción. Viven en ciudades estadounidenses donde la demanda de drogas mueve decenas de miles de millones de dólares cada año.

Pero en la lógica geopolítica del momento, el problema siempre está al sur de la frontera. Las drogas vienen del sur. La violencia viene del sur. Los migrantes vienen del sur. Y ahora, según parece, también el idioma más molesto vienen del sur.