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Recién el golpe de Luis Echeverría en su contra, don Julio Scherer García me mostró un texto de Carlos Fuentes en El Sol de México titulado: Scherer, el Zarco del Siglo XX.

—¿Cómo lo ve, don Carlos? —me preguntó. “Iba yo a preguntarle si no le ofendía esa comparación”, repuse con timidez.

Desconcertado, insistió:

—No me chingue. Dígame cómo lo ve. “No me gusta, don Julio”, me animé a comentarle.

—Dígame cómo lo ve —machacó, esquivando decirme lo que pensaba. “Zarco fue un periodista de Estado, don Julio. Usted es periodista”.

Clavó en la mía su mirada de águila.

—Déjeme darle un abrazo —contestó con alivio y, como solía hacerlo, palmeó fuerte y repetidamente mi espalda.

Recupero aquel remoto diálogo de un libro que preparo porque Andrés Manuel López Obrador dijo ayer que “Francisco Zarco y no solo él: los periodistas que actuaron en el periodo de la Reforma y de la República restaurada, es la prensa más libre, más inteligente, más patriota que se haya tenido en toda la historia…”.

Gran equivocación: el de los periodistas no es oficio de patriotas.

Alentado por alguno de los mequetrefes con derecho de apartado que le sirven de pañuelos desechables en Palacio, me incluye entre quienes uno de sus lambiscones llama “el cártel de la mentira”. Y al hacerlo, dijo que me formé “en la escuela de Proceso”, cuando lo cierto es que antes de cofundar y codirigir esa publicación ya había sido yo reportero durante tres años y medio en el Excélsior del señor Scherer García. Y tres años y medio antes en el periódico El Día (que dirigió don Enrique Ramírez y Ramírez con una línea editorial lopezmateísta “de izquierda dentro de la Constitución”).

Por falta de información elemental y crónica voluntad de bulear, López Obrador se inventa enemigos. Junto con varios periodistas que respeto, me coloca entre sus imaginarios “adversarios”.

Recurrente, ayer también afirmó: “Esto se descompuso, yo lo he escrito y lo he dicho, desde el fraude de 2000… de 2006”.

El titubeo hace lucubrar si se le está olvidando el año en que lo derrotó Felipe Calderón (en 2000 AMLO ganó en las urnas el gobierno del entonces Distrito Federal). Y repite la patraña del “fraude” que nadie jamás ha demostrado porque lo único que consta es que perdió la Presidencia por tristes pero válidos 250 y tantos mil votos.

Su idea del ejercicio periodístico nada tiene que ver con la realidad. Anatemiza a quienes no comparten una o muchas de sus ideas y acciones, y elogia a los vividores del cuento que, con despreciable vocación de papel higiénico, lo ensalzan.

Con clichés polvorientos y entelarañados como socorrido de que “liberales” y “conservadores” continúan peleando, afirma que yo estoy con los segundos.

Ajá.

Pero vaya contraste: en tanto que yo, después de haber estado en el Consejo Nacional de Huelga del 68, me inicié en El Día en 1969, a López Obrador se le ocurrió, en pleno echeverriato, meterse al PRI y hasta componerle un himno.