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Cuando llegó el día de las elecciones a la presidencia de Estados Unidos el 8 de noviembre del 2016, los mercados financieros mexicanos estaban relativamente tranquilos porque todas las encuestas marcaban un triunfo de la candidata demócrata, Hillary Clinton.

Había nerviosismo porque el candidato republicano centró su campaña en fuertes ataques en contra de México y los mexicanos.

En aquellos días de la campaña del 2016 el impulsivo candidato Trump había hecho derrapar al gobierno de Enrique Peña Nieto y una injustificada visita del aspirante presidencial a México le costó el trabajo de secretario de Hacienda a Luis Videgaray.

Pero eran tan necesarios los lazos que Videgaray tenía con el primer círculo de Trump que en enero del 2017 lo nombraron canciller, sólo para no crear la Secretaría de Relaciones con Donald Trump.

El punto es que la sorpresiva derrota de Clinton propinó a los mercados mexicanos un duro golpe que se reflejó en una depreciación cambiaria, ese día de las elecciones el peso se cotizaba en 18.72 por dólar en los mercados internacionales, cuando se confirmó el triunfo de Trump se disparó en horas hasta 20.80 pesos por dólar.

El terror inicial por el triunfo republicano dio paso a una moderación en las operaciones cambiarias que se regularizaron por completo cuando Trump asumió el poder y poco a poco descubrimos que ciertamente su triunfo no fue el mejor escenario para México, pero tampoco fue el acabose.

Para julio del 2017 las operaciones peso dólar ya habían regresado a los 17.80. En México la única coyuntura interna que generaba ruido político en ese momento era el pésimo manejo de la liberación de los precios de las gasolinas, pero era solamente un tema doméstico.

Hoy que Donald Trump está de vuelta ante la posibilidad de ser Presidente hay un par de cosas que cambiaron, la primera es que ya conocemos su calaña y la segunda es que desde ahora los mercados se ponen nerviosos ante el escenario de que gane las elecciones dentro de dos semanas.

Es una elección abierta, no hay un resultado inevitable, tampoco Kamala Harris garantiza el mejor de los tratos para México, pero es posible que, si tras las campañas se deja de lado el discurso altanero, se puedan otra vez moderar las aguas financieras.

Lo que sí cambió y mucho es el panorama interno mexicano, hoy no estamos en una coyuntura de enojo social porque subieron los combustibles, en este momento somos testigos de la destrucción del modelo democrático de México y de cómo el régimen se quiere apoderar del último de los poderes autónomos de la nación.

Hoy una tómbola de magistrados espanta más las inversiones que el mismísimo Donald Trump y el hecho de que la opinión pública haya soslayado el tema no significa que no sea el principal peligro para la estabilidad de este país.

De cualquiera de los dos aspirantes a la presidencia de Estados Unidos podemos esperar acciones más radicales en contra de México, pero no harían nada que pudiera destruir su economía, como aplicar aranceles de forma indiscriminada.

A diferencia del régimen mexicano actual que sí parece dispuesto a la destrucción de la estabilidad económica, financiera y social que hemos conocido hasta hoy.