Minuto a Minuto

Nacional Detienen a 16 presuntos miembros de ‘Los Ardillos’ en Guerrero
De acuerdo con la Fiscalía, las personas detenidas serían integrantes del grupo delictivo identificado como “Los Ardillos”
Nacional Autoridades indagan responsabilidades por brote de salmonela en Hospital General de México
La investigación se encuentra en "proceso de integración y permanecen pendientes resultados de laboratorio e información adicional"
Deportes “En México buscan chivos expiatorios, pero no hay nada sobre mi hijo”: Julio César Chávez
Tras un último año "complicado", Chávez mantiene la esperanza de que los combates de sus hijos Julio César y Omar Chávez en la ciudad de Puebla, el 12 de septiembre, devuelvan la conversación al boxeo
Internacional Terremoto político en Sajonia-Anhalt: La ultraderechista AfD arrasa en las urnas
Ya no estamos ante una fuerza marginal ni ante un simple voto de protesta, sino frente a un partido con vocación mayoritaria y capacidad para disputar el poder
Internacional Video: Avión de carga se estrella en el aeropuerto de Miami
El Aeropuerto Internacional de Miami suspendió los aterrizajes y despegues tras el accidente de un avión de carga con el logotipo de Amazon

Amas, pero no tienes ansias; tienes celos y sigues seguro. Te arrepientes sin dolor, te enojas sin turbarte. Cambias de obra mas no de intención. Recibes lo que encuentras sin haber perdido nunca nada. Nunca eres pobre y te alegras con las ganancias.

Siempre he pensado que este párrafo de Confesiones fue escrito por San Agustín para ser leído en voz alta. Pero no es un hallazgo: Confesiones viene de cuando sólo se escribía y leía en voz alta. Así fue desde los primeros siglos de la escritura, hasta la Edad Media.

En el siglo IV, el propio Agustín de Hipona, luego San Agustín, fue de los primeros en observar a alguien leer y escribir en silencio: el obispo Ambrosio de Milán. Tanto lo impactó, que lo reseñó en Confesiones:

Al leer, sus ojos transitan por las páginas y su mente entiende lo que dicen, pero su lengua calla.

Pero él escribió Confesiones a la usanza de su época: pronunciaba a medida que escribía; y luego recitaba mientras leía. Por eso, sus Confesiones no pertenecen solo al papel: deben resonar primero en el aire, probarse, escucharse.

Por ejemplo:

Te llamé y clamé hacia ti cuando rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste, y alejaste mi ceguera. Exhalaste tu fragancia y la aspiré, y ahora suspiro por ti. Te he gustado, y ahora tengo hambre y sed de ti. Me tocaste, y me abrasé en tu paz.

Este fragmento no solo es musical, sino lírico y sensorial; oídos que se abren, luz que disipa la oscuridad, fragancias que despiertan el alma: llama a ser leído en voz alta.

Porque, escribir, es un acto físico. Por ejemplo, en su estudio de Finca Vigía, afueras de La Habana, Ernest Hemingway escribía de pie, sin camisa, con la máquina de escribir y el tablero para leer colocados a la altura del pecho.

Hemingway encaraba al papel como un boxeador que acecha al adversario. Estar erguido le daba ventaja, como si escribir fuese un combate cuerpo a cuerpo con las palabras, un intercambio entre la mente y el músculo.

Un ejemplo, en El viejo y el mar:

Ahora no es el momento de pensar en lo que tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay.

Este párrafo es crudo y puede gritarse.

Los escritores son una expresión de su tiempo. Revelan tanto de ellos como de su época. Hemingway, moderno y brusco, desafía. San Agustín, místico y solemne, entrega sus textos al espacio, como una oración.

Hoy, nos encorvamos sobre pantallas luminosas. Y atendemos el teléfono celular cuando escribimos. No es que eso esté mal o bien. Pero recordemos que, en cada palabra, queda el pulso de una época.

El eco de quienes escriben.