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Amas, pero no tienes ansias; tienes celos y sigues seguro. Te arrepientes sin dolor, te enojas sin turbarte. Cambias de obra mas no de intención. Recibes lo que encuentras sin haber perdido nunca nada. Nunca eres pobre y te alegras con las ganancias.

Siempre he pensado que este párrafo de Confesiones fue escrito por San Agustín para ser leído en voz alta. Pero no es un hallazgo: Confesiones viene de cuando sólo se escribía y leía en voz alta. Así fue desde los primeros siglos de la escritura, hasta la Edad Media.

En el siglo IV, el propio Agustín de Hipona, luego San Agustín, fue de los primeros en observar a alguien leer y escribir en silencio: el obispo Ambrosio de Milán. Tanto lo impactó, que lo reseñó en Confesiones:

Al leer, sus ojos transitan por las páginas y su mente entiende lo que dicen, pero su lengua calla.

Pero él escribió Confesiones a la usanza de su época: pronunciaba a medida que escribía; y luego recitaba mientras leía. Por eso, sus Confesiones no pertenecen solo al papel: deben resonar primero en el aire, probarse, escucharse.

Por ejemplo:

Te llamé y clamé hacia ti cuando rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste, y alejaste mi ceguera. Exhalaste tu fragancia y la aspiré, y ahora suspiro por ti. Te he gustado, y ahora tengo hambre y sed de ti. Me tocaste, y me abrasé en tu paz.

Este fragmento no solo es musical, sino lírico y sensorial; oídos que se abren, luz que disipa la oscuridad, fragancias que despiertan el alma: llama a ser leído en voz alta.

Porque, escribir, es un acto físico. Por ejemplo, en su estudio de Finca Vigía, afueras de La Habana, Ernest Hemingway escribía de pie, sin camisa, con la máquina de escribir y el tablero para leer colocados a la altura del pecho.

Hemingway encaraba al papel como un boxeador que acecha al adversario. Estar erguido le daba ventaja, como si escribir fuese un combate cuerpo a cuerpo con las palabras, un intercambio entre la mente y el músculo.

Un ejemplo, en El viejo y el mar:

Ahora no es el momento de pensar en lo que tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay.

Este párrafo es crudo y puede gritarse.

Los escritores son una expresión de su tiempo. Revelan tanto de ellos como de su época. Hemingway, moderno y brusco, desafía. San Agustín, místico y solemne, entrega sus textos al espacio, como una oración.

Hoy, nos encorvamos sobre pantallas luminosas. Y atendemos el teléfono celular cuando escribimos. No es que eso esté mal o bien. Pero recordemos que, en cada palabra, queda el pulso de una época.

El eco de quienes escriben.