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Le propongo al lector que hagamos una apuesta: ¿qué decaerá más en el mes de diciembre: el precio del petróleo y las exportaciones mexicanas de éste o la imagen, en México y en el resto del mundo, del gobierno que encabeza Enrique Peña Nieto?

Con cualquiera de las dos opciones, ganar la apuesta no es fácil porque las estadísticas indican que la caída es inexorable y libre en ambos rubros. Con una salvedad, el descenso en el precio y en la cantidad de exportaciones del petróleo es una baja generada por factores externos como son el que los grandes petroleros mundiales hayan sostenido sus cuotas de producción a pesar de que Estados Unidos aumentó, de manera sustancial, su producción; además, la baja demanda del energético en China y en Europa; así como la situación geopolítica en el Oriente Medio incidieron en el declive de los hidrocarburos en comparación con el año pasado. En cambio, el descenso de la popularidad de Peña Nieto en el país, así como el desmoronamiento de su imagen en el extranjero, es producto de una deplorable actuación como gobernante y una carencia de empatía con la sociedad a la que no le dice nada su discurso hueco, arcaico en el fondo y en la forma, carente del sustento de la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. En pocas palabras, desprovisto de credibilidad.

Fue mi amigo Andrés, con quien estuve el pasado domingo, el que me propuso la apuesta que yo hago extensiva al lector. El pronóstico de Andrés es que Peña bajará más que el petróleo dado que se espera una fría temporada invernal que favorecerá la demanda del hidrocarburo y, por ende, repercutirá favorablemente en el precio. Por el contrario, a Peña Nieto le espera una caliente temporada de protestas y confrontaciones con una sociedad que está harta del mal manejo económico, de la opacidad y el tráfico de influencias que se puso de manifiesto en el escándalo de la famosa Casa Blanca, propiedad de la primera dama, Angélica Rivera, y la revocación de la concesión para la construcción del tren México-Querétaro de alta velocidad (El tren madre que irá hecho la bala).

Superar el dolor

En mi colaboración para El Economista, la semana pasada, toqué el tema de la empatía relacionada con la política. Cité al psicólogo estadounidense Daniel Goleman, creador del concepto Inteligencia Emocional y que define la empatía como “la habilidad de saber qué siente el otro”, capacidad que entra en juego “en una amplia gama de situaciones de la vida” (…) “pasando por la compasión y la actividad política”.

También recurrí a un ensayo sobre la empatía en la política escrito por el periodista argentino Sergio Sinay: “Cuando una tragedia golpea a una sociedad la empatía de sus dirigentes es un atributo esencial” (…) “Quien se dedica a la política sin éste atributo no la honrará, estará cada vez más lejos de sus representados”.

Volví a estas definiciones antes de transcribir lo que el presidente Peña Nieto expresó en su primera visita a Guerrero desde la desaparición de los 43 normalistas: “Quiero convocarles para que con su capacidad, con su compromiso con su estado, con su comunidad, con sus propias familias, hagamos realmente un esfuerzo colectivo para que vayamos hacia delante y podamos realmente superar este momento de dolor” .El mandatario con sus palabras mostró carecer del atributo esencial que es la empatía: que se ponga en los zapatos de los padres, de los amigos y en los de la población sensible a la que le aflige la desaparición de 43 jóvenes. Por decreto presidencial 43 familias no van a superar el dolor de su ausencia.

Si al jefe de las instituciones nacionales, desde la altura máxima del poder le resulta imposible sentir empatía por sus sediciosos, mal vestidos, nacos y proles gobernados, propongo que seamos nosotros los que le demostremos empatía al Ejecutivo.

Desde esta humilde columna, hago una convocatoria para comprender el conflicto de intereses en el que Peña Nieto cayó al aceptar de un proveedor de su gobierno la mansión de las Lomas. Tratemos de entender cómo fue que, a pesar de algunos escrúpulos que venció con su férrea voluntad, aceptó una casa de tanto valor. Hagámoslo en el entendido de que no pudo resistir el fuerte llamado de la codicia conjugado en el axioma con el que durante su niñez y adolescencia forjó su carácter: Político pobre, pobre político.

No les pido que crean que fue la señora Rivera la que compró la mansión porque eso más que un llamado a la empatía sería una invitación a la imbecilidad.

Les solicito compatriotas que nos pongamos en los finísimos zapatos del preciso, indignos de nuestros callos, juanetes y ojos de pescado, para recapacitar y aceptar como válida la necesidad que impulsó al mexiquense a brindarle una vivienda a su esposa, digna de su calidad de primerísima figura de la televisión nacional.

Y con su comprensión pido su olvido, apartemos los pensamientos negativos de nuestra mente y preparémonos para que aquellos que dudan crean y para que aquellos que lo sospechábamos manifestemos, con seguridad, que tenemos un presidente con estatura de estadista -talla S- y que en los cuatro años que le restan a su periodo gubernamental recuperará el tiempo perdido durante estos dos años de ineficiencia y falta de empatía.