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Cartagena, 2007:

Conviven extravagantemente en Colombia ilegalidad y legalismo, reverencia por la ley y violación sistemática de ella. La veneración de las normas, o al menos su invocación continua en argumentos y conversaciones, es un rasgo constitutivo de esa cosa sociable, discursiva y campechana que llamaremos colombianidad.

Durante un viaje familiar por la amazonia colombiana, en uno de los pobres fondeaderos de la ruta turística, el joven editor del primer diario de Colombia y un ex ministro de Defensa, tan joven como él, trabaron alegre charla con los principales de una etnia nativa.

Los apremiaban a seguir el viaje en el lanchón sus suegros, mujeres e hijos, pero ellos hablaban ya hasta por los codos con sus inesperados interlocutores y decidieron quedarse ahí las dos horas que tardarían los demás en completar el itinerario previsto y regresar por el río.

Bajaron unas botellas de wisqui para sus anfitriones, que les dieron a cambio una chicha local. La familia siguió la travesía hasta el lugar de las pirañas al que iban, animales inofensivos, entre los cuales se puede nadar, siempre y cuando el que nada no tenga una herida, pues las pirañas, explicaron los guías, atacan lo que sangra.

Para demostrarlo, uno de los guías se echó al río, dio unas vueltas por el lanchón, lo cruzó bajo el agua, y subió indemne al otro lado. La cosa es muy distinta si lo que cae al agua tiene alguna herida, explicaron los guías, porque entonces las pirañas son tan feroces como predica su fama. Para demostrarlo, sin consulta alguna, los guías echaron al agua un cabrito vivo, al que le habían hecho una herida para que sangrara. Los peces lo devoraron en una instantánea sanguaza.

Dos horas después, transidos todavía de la horrenda voracidad de las pirañas, los navegantes volvieron al fondeadero donde los maridos esperaban. Tuvieron ahí la segunda experiencia imborrable de aquel viaje.

Sentados en un círculo de atentos escuchas, sus maridos y los principales del lugar leían, alternadamente, la Constitución Colombiana en español y en la lengua de la etnia hospitalaria.

Lectores y escuchas se habían dado cuenta del wisqui y de la chicha y estaban todos hasta la bandera, patriótica e inolvidablemente borrachos.