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Es verdad, la autollamada Cuarta Transformación y el gobierno de Ernesto Zedillo sí son como el agua y el aceite, pero también está claro quién ejerce hoy el poder y de qué manera lo hace.

Lo que diga hoy el expresidente Ernesto Zedillo será un mensaje que, en primer lugar, llegará a muy pocos, habitualmente lectores, y que tendrán que entender que quien lo expresa ejerció el poder hace ya 30 años.

La respuesta del régimen es una descalificación con una muy amplia divulgación que busca, como ha sido los últimos siete años, dividir, no confrontar ideas, mostrar que hay unos, ellos, los correctos, los buenos, y, otros, ellos, los malos, los voceros del neoliberalismo y la injusticia.

Vaya que el tiempo se ha encargado de poner en su lugar a Ernesto Zedillo y que, de hecho, es una buena posición.

Ese gobierno que arrancó con una crisis financiera permitió, sin embargo, que México sentara las bases para esos 20 años de estabilidad, confianza y crecimiento democrático que fue distintivo de la economía mexicana hasta la llegada de López Obrador.

Pero son tres décadas las que han pasado y resulta que en México alrededor de 65% de la población tiene menos de 40 años. Ernesto Zedillo es una referencia histórica, no es un punto de comparación por conocimiento propio para todos esos jóvenes.

Aun sin tener la posibilidad de sopesar la autoridad y las contribuciones de Zedillo a la política mexicana se tiene que escuchar cuando el expresidente dice que la elección judicial es una farsa, porque no hay país democrático que tenga una práctica así.

Sus palabras: “Eso sólo lo inventan los dictadores para controlar al Poder Judicial. Dicen que es una elección: sí, una elección de candidatos que ellos, con muchos trucos, han determinado”.

Cuando Ernesto Zedillo dice que en México murió la democracia y que está en construcción un Estado policial, son palabras que darán la vuelta en círculos muy pequeños, pero que se deben aquilatar.

Los mexicanos dentro de 30 años tendrán el panorama para poder evaluar el ejercicio actual de poder y compararlo con el México de finales del Siglo XX.

Por ahora el régimen tiene un modelo de ejercicio del poder muy avanzado, su punto cumbre fue la constitución de una mayoría calificada artificial tras las elecciones del año pasado.

Y con la suerte propagandística de afrontar otro populismo devastador como el de Donald Trump que ha tenido dos filos.

El evidente es el más grave, porque el Presidente de Estados Unidos ha decidido romper con el modelo de desarrollo mundial que ellos mismos habían impuesto y que, de hecho, había funcionado.

Pero la otra cara de la misma moneda es la ventaja de poder identificar desde los populismos locales a un enemigo extranjero que distrae y al que se le puede reclamar que a México no se le debe usar de piñata, mientras de forma interna hay un desgarramiento institucional en marcha.

Sí, Ernesto Zedillo tiene un diagnóstico desgarrador de lo hoy que ocurre con México, uno que evidentemente tiene que desautorizar el poder y que tiene que soterrar para seguir con sus planes.

Pero es un hecho, aquel modelo de un país abierto y más democrático está acabado.