¿Por qué los mercados financieros reaccionaron con movimientos fuertes antes de que la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) tomara la decisión de subir en 75 puntos base su tasa de interés interbancaria?

Porque los mercados se adelantan ante las señales que ven, las interpretan y los inversionistas toman decisiones en consecuencia.

Los que se esperan a que sucedan las cosas sin tomar previsiones tienen dos posibilidades. La primera es que los mercados se hayan equivocado, hayan sobre reaccionado y entonces ganan por los temores ajenos. La segunda es que lleguen tarde a la toma de decisiones y pierdan por todos lados.

Un gobierno no puede ser especulativo, pero debe ser proactivo ante las señales que manden las condiciones económico-financieras del mundo y más cuando esas señales son tan grandes y evidentes.

Nayib Bukele, presidente de El Salvador, por ejemplo, no tomó precauciones con la compra de 100 millones de dólares en criptoactivos, especuló y perdió 70% de esos recursos de los salvadoreños.

El temor fundado es que Andrés Manuel López Obrador pudiera reaccionar tarde, o quizá nunca enterarse, de la tormenta que nuevamente se forma en los cielos financieros mundiales.

Las consecuencias de todo lo que se ha acumulado en esta década sí puede tener repercusiones en la macroeconomía y sus indicadores, no sólo en los pobres ciudadanos.

La buena salud de las finanzas públicas mexicanas tras la crisis por el Covid-19 fue resultado de la decisión ultratecnócrata de dejar a la suerte a millones de pobres ante la peor crisis en 100 años con tal de no aumentar la deuda gubernamental.

La inflación no le gusta al Presidente y por eso ha decidido sacrificar cientos de miles de millones de pesos para subsidiar a los que tienen auto, déficit recaudatorio que se compensa con el incremento en los precios del petróleo de exportación.

Pero la persistencia de los altos niveles inflacionarios, la economía mexicana que no se recupera, el dinero más caro que sube el costo de la deuda pública, la salida abrupta de capitales por el vuelo a la calidad de un dólar caro y una posible nueva recesión, deberían prender los focos rojos financieros del país.

El Banco de México debe atrincherarse y dedicarse a lo suyo con los instrumentos de política monetaria. Este es su momento estelar de autonomía en más de una década.

Pero el mensaje de la presidencia, que es donde se maneja la Secretaría de Hacienda, debería ser de aumentar la prudencia en el ejercicio del gasto público, su reorientación a programas que aumenten la inversión productiva y su recorte en áreas no estratégicas como los programas asistencialistas y sin controles del Presidente.

Ahora es cuando para recuperar la confianza de los inversionistas en sectores tan importantes como el energético y para dejar de azuzar una división social que está aprovechando el crimen organizado para hacerse el control de más territorios y actividades nacionales.

Sin llegar ya a pedir a un estadista al frente del mando nacional, una buena dosis de sentido común que haga entender todas estas señales del tamaño de un elefante que se multiplican y amenazan la estabilidad que este país construyó en tantas décadas de sacrificio. Nada más.

El Banco de México debe atrincherarse y dedicarse a lo suyo con los instrumentos de política monetaria. Este es su momento estelar de autonomía en más de una década.