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Ya se encargará la historia de contar los años en los que México vivió en este populismo carismático y los sociólogos tratarán de explicar cómo se logró ese efecto hipnótico en millones de electores.

Pero, por lo pronto, aun dentro de los cauces de este régimen, hay que ver cómo dejará este gobierno las finanzas públicas dentro de 230 días, que es el plazo constitucional que le queda a Andrés Manuel López Obrador como Presidente.

Hay una apuesta presidencial y es brincar este año sin crisis sexenal, sería el colmo que un gobierno que ya tuvo dos recesiones en su periodo cerrara con una crisis económico-financiera. Así que todo apuntaría a que al menos en lo que resta de este 2024 no habría un sobresalto mayor.

Parecería que la última gran jugada estridente fue la presentación de sus famosas 20 reformas y que durante los siete meses y fracción que López Obrador seguirá usando la banda presidencial no debería haber más sorpresas, pero tampoco es una apuesta segura.

Lo cierto es que la huella de este sexenio quedará plasmada necesariamente en los Paquetes Económicos de las siguientes décadas. El propio López Obrador confiesa que hace las cosas para que cueste mucho trabajo dar marcha atrás.

Y, efectivamente, lo primero que tendría que hacer la siguiente administración, así sea una que dé continuidad a este régimen, sería tener que proponer una reforma fiscal que permita incrementar los ingresos tributarios.

Si el gobierno es opositor, además se retomarían las leyes vigentes en materia energética para aligerar la carga a las finanzas públicas y redimensionar a las empresas públicas hasta su nivel de utilidad y no de emblema nacionalista como actualmente se pretende.

Incluso un traspaso a la corcholata necesitaría de una revisión de los programas asistencialistas, para dejar vigentes aquellos indispensables, como pensiones a adultos mayores y depurar aquellos que se han convertido en una impune sangría de las arcas públicas.

Sea quien sea que llegue al poder, se van a tener que dedicar enormes carretadas de recursos públicos para subsidiar las obras de infraestructura de este régimen.

Si la opción es opositora, se tendrá que encontrar el uso adecuado al lejano aeropuerto Felipe Ángeles y fomentar una construcción privada de una terminal funcional. Si se trata de una continuidad, veremos cómo el Aeropuerto de Ciudad de México se convierte en una terminal local con vuelos de conexión a hubs como Cancún.

El Tren Maya es un gran desperdicio de dinero, un ecocidio, pero que ahora se tiene que mantener vivo con enormes subsidios anuales.

A lo largo de este sexenio se han dejado de invertir enormes cantidades en el mantenimiento de la infraestructura social y de comunicaciones que necesariamente se tendrá que retomar, y eso cuesta.

Y la refinería de Dos Bocas será un clavo más en el ataúd de las finanzas de Pemex con cargo permanente al erario.

Manejar el enorme monto de la deuda que dejará López Obrador y corregir el desbalance presupuestal que también se teje este año serán parte de la herencia financiera del gobierno que se va.

Así que, es un hecho, en términos presupuestales este gobierno será inolvidable por largo tiempo.