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Sentar a dos dictadores a la mesa y querer asumirse como el líder de América Latina habla del muy poco entendimiento que tiene la 4T de los valores básicos de las sociedades del sur del continente.

Porque el hecho de que el presidente Andrés Manuel López Obrador le dedique nuestra fiesta de independencia a la defensa del régimen dictatorial cubano y volver a recibir con tal pompa y circunstancia al impresentable dictador venezolano Nicolás Maduro, no significa que mucha gente en Cuba y Venezuela no anhelen la libertad y la democracia.

Un liderazgo se construye sobre valores y objetivos comunes. Placear así a esos dictadores no es un anhelo de la región, por más que quieran encontrar comunes denominadores en contra de organismos regionales patrocinados por el gobierno de Estados Unidos.

México es un país democrático con un gobierno de poca vocación institucional que logra con esos desplantes de respaldo a los dictadores jalar las miradas internacionales y cuestionar qué planes tiene la 4T para este país.

Estos juegos políticos de posicionamiento interno entre alguna parte de la clientela electoral de la 4T también tienen su riesgo, porque no todos los seguidores de López Obrador aprueban los métodos autoritarios en Venezuela, Nicaragua o Cuba.

Y si bien en Estados Unidos puede verse como un acto folklórico innecesario de la 4T, puede despertar la ira de grupos radicales estadounidenses que tengan un importante poder de cabildeo en Washington.

El gobierno de México debe hacer muy bien sus números de las relaciones cotidianas con unos y con otros. Por ejemplo, en lo comercial, todas las exportaciones de este país a Cuba entre enero y agosto de este año equivalen a ocho horas de exportaciones mexicanas a Estados Unidos.

Tanta insistencia en esos desplantes innecesarios puede activar las otras agendas de La Casa Blanca, que no pasan por el intento de desactivación de la Organización de Estados Americanos, pero que sí pesan en otros asuntos como la falta de cumplimiento a los contratos de empresas estadounidenses, sobre todo del sector energético, y la ausencia total de compromiso de México con la agenda del cambio climático que es el eje discursivo del gobierno de Joe Biden.

La cumbre convocada por México, sin muchos presidentes de la región, pero sí con estos dictadores, fue un fracaso que no parece abonar nada bueno internamente al canciller Marcelo Ebrard.

Lo que hay que ver es si esta estrategia de pasear dictadores por México ya no pasa de aquí, si se suma a una más de las tantas pifias de la 4T, o si manda mensajes que no podemos ver.

Quedó claro que con esos participantes México no será el líder latinoamericano de un equivalente de la Unión Europea, que la reunión en nuestro país sirvió para ahondar las diferencias latinoamericanas y para recodar a todos que en nuestro continente hay regímenes totalitarios que abusan de su población.

Pero pasear dictadores, así como ocurrió en estos días, debe tener otros mensajes internos que hay que ver cómo los va descifrando el propio Presidente en sus mañaneras. Tiene que ser algo más que una mala ocurrencia.