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Hace unos días un Airbus A320, operado por la aerolínea Volaris, tuvo que enfrentar una tormenta que dejó consecuencias para el avión, pero no para sus ocupantes.

En esta historia hubo una falla en el radar de este equipo que cubría la ruta Tijuana-Monterrey.

Pero lo que más determinó la suerte de este avión, para quedar atrapado en medio de una tormenta, es el hecho de que el gobierno federal no ha dotado de radares meteorológicos a las torres de control del sistema aéreo mexicano.

En esta “pobreza Franciscana” decretada por el propio presidente Andrés Manuel López Obrador el único radar que hay con fines de prevención de fenómenos atmosféricos está en lo que llaman Centro de Control México y a decir de la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores de México ese radar generalmente está fuera de servicio.

Hacen falta, dicen los pilotos, al menos ocho radares en las rutas de mayor tráfico.

La parte positiva de esta historia es que, a pesar de la falla del radar del Airbus A320, el avión demostró que está diseñado y construido para resistir ese tipo de condiciones adversas sin consecuencias catastróficas.

Es muy positivo que una empresa como Volaris tenga entre su personal a pilotos aviadores capaces de reaccionar adecuadamente ante la emergencia de tener el parabrisas del avión roto, por el hielo de la tormenta, y aterrizar sanos y salvos.

En medio de la negligencia por la falta de equipos meteorológicos en tierra para advertir la presencia de estas tormentas, con un avión que enfrentó un alto estrés para sus motores y su fuselaje y con una tripulación en crisis que logró sacar al equipo del peligro, están los pasajeros que sin posibilidades de actuar rezaron, gritaron o se calmaron en lo que pasaba la emergencia.

Muchos de nosotros somos esos pasajeros de un país que vive en el estrés de estar volando en una economía que por ahora surca cielos calmos, pero con la certeza de que no estamos del todo equipados en caso de que en el horizonte aparezca una tormenta.

Volaris puede ser el ejemplo de las empresas de todo tamaño que se capacitan y preparan lo mejor que pueden para enfrentar tiempos difíciles en la búsqueda de la rentabilidad de sus negocios.

El Airbus A320 es la infraestructura en la que confiamos para cruzar ese cielo económico. Desde la propia Constitución, que nos da garantías de cómo se juega en este país o las instituciones que no deben estar sujetas al capricho personal de nadie, como el Banco de México o el INE.

Ese caparazón de las leyes y las instituciones de este país puede recibir impactos fuertes de eventuales tormentas, a veces generadas desde el propio poder político interno. Puede romper un parabrisas, sólo estropear la pintura o hasta apagar un motor, pero se mantiene en vuelo ante los tiempos difíciles.

Pero, abajo, en tierra, está quien no facilita un radar para llegar a buen puerto. Quien, por el contrario, pone obstáculos para que esos emprendedores privados, con ese andamiaje para volar, tengan que enfrentar el granizo y la tormenta de los intentos autocráticos en marcha.

Volar suele ser seguro, hasta que alguien con mucho poder decide que quiere derribar ese avión de la prosperidad nacional.