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Las políticas del actual régimen mexicano se parecen más a las decisiones de Jair Bolsonaro que a las de un Luis Inácio Lula da Silva que se planta en la COP27 para sumar a Brasil a la lucha contra el cambio climático.

Hay más similitudes del Presidente mexicano con Donald Trump, quien desconoció los resultados de las elecciones presidenciales estadounidenses, que con el presidente chileno Gabriel Boric, quien aceptó de inmediato su derrota en el referéndum constitucional.

Para el gobierno de López Obrador hay más lejanía con el gobierno izquierdista de Argentina, por saber negociar con Estados Unidos la elección de la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo, que con Venezuela que sí apoyó a Gerardo Esquivel como candidato a la presidencia del BID.

López Obrador cree que puede ser el líder de la izquierda de América Latina cuando realmente está lejos de la izquierda, de buena parte de las políticas actuales de muchos países latinoamericanos y también de ser un protagonista mundial que lo haga atractivo como representante regional.

México ha perdido presencia como referente internacional y eso implica mucho más que la ausencia del jefe del ejecutivo mexicano en los foros del mundo.

Este país se ha alejado del mundo por la implementación de políticas públicas que han afectado la confianza que por tantos años había construido este país.

Aniquilar el proyecto de un buen aeropuerto como un desplante de poder. Violar la Constitución y los acuerdos internacionales para privilegiar a las empresas energéticas estatales. Denostar a empresas privadas por su origen español. Y una larga lista de lastres que se notan en el mundo y marginan a nuestro país del juego internacional.

México era la economía número 12 del mundo en la primera década del siglo, hoy estamos en el lugar 16 de acuerdo con el ranking del Banco Mundial.

En el índice de Competitividad Mundial de este 2022, México está en el lugar 37 de 43 economías que mide el Instituto Mexicano para la Competitividad.

En el sexenio del “primero los pobres”, México ha perdido posiciones en siete de los 12 componentes que miden el desarrollo de la sociedad y el país está en el lugar 66 de 169 países en el Índice de Progreso Social.

Y ni hablar de la inseguridad y el Estado de derecho. De acuerdo con el ranking de Paz Global más reciente que elabora The Economist, México está en el lugar 137 de 163 países considerados. Esto ubica a México como un país peligroso, por debajo de Palestina.

En fin, México pierde protagonismo internacional y también lugares en los más diversos indicadores de economía, bienestar y seguridad.

Todo eso es evidente al interior del país y cada vez más claro desde una visión externa.

Eso sucede sin consecuencias porque la única encuesta que importa en el seno de la 4T es aquella que constantemente presume López Obrador. Dice el Presidente que él es el segundo mandatario más popular del mundo.

Y es verdad, López Obrador tiene un gran arrastre carismático irrepetible, pero eso le brinda un caparazón que evita pedirle cuentas al servidor público. Esto traspasa sus facturas a la condición del país.

México pierde protagonismo internacional y también lugares en los más diversos indicadores de economía, bienestar y seguridad.